Español Fiction — 23 August 2015

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por

Eduardo Frajman

foto por Kuhnmi

Cleto tenía una finca en San Carlos de Alajuela. La había adquirido en circunstancias misteriosas, allá atrás en sus años de juventud. Cosecharla resultó imposible. La tierra se mostró dura y seca y agarrada como su patrón, unos palillos de caña por ahí, unas matillas de café por allá, a pesar de que bordeaba para el oeste con un meandro rocoso del Río Platanal. Maldita tierra, reclamaba Cleto. Maldita, maldita. Excavó una zanja de irrigación con la que le exprimió al terreno pastizales para el ganado. Con los años, se hizo de una manadilla de vacas lecheras y un par de yeguas y un caballo, armó un gallinero y lo pobló de criollas rojizas y manchadas, plantó palos de mango y manzana de agua y jícama y jocote. Un día se trajo a Ángela, que era hija de un almacenero de Ciudad Quesada, a vivir en la casa de barro que había construído. Ángela parió tres hijos, que vivieron todos, y tres hijas, de las que vivieron dos. La última se murió al nacer y subió al cielo junto con su mama. Después de la misa, Cleto las enterró a la sombra de un Guayacán. Esta tierra está maldita, les dijo a sus hijos e hijas. Pero no tenemos otra que vivir en ella. Así que vivieron en ella. Ordeñaron vacas, limpiaron caca de caballo, pelaron caña, cogieron café, recolectaron huevos. Fueron a la escuela cuando dio tiempo. Los domingos pescaban en la laguna donde desembaicaba la zanja, se bañaban en las cataratas del río, tomaban leche fresca y comían queso campesino y huevos todavía tibios con el calor de la gallina y, en las noches, serenados por los grillos y los sapos y las lechuzas, se montaban a los palos de mango y miraban al cielo estrellado y soñaban con escaparse de ahí y no volver nunca jamás. No vieron el momento de escabullirse a la ciudad sin dar más vista atrás. Volvieron nomás para el velorio.

 

Saliendo de la misa acordaron juntarse los cinco ese fin de semana en la finca para ver cómo deshacerse del despreciado terreno y dividirse las poseciones que sobraran. Fabricio, Catalina y Javier, que vivían lejos, pasarían una última noche en la casa de barro. Voy a traer al menor a que conozca la finca, antes que la vendamos, dijo Catalina. Cuántos años tiene?, le preguntó Javier. Once. Diay! El menor mío tiene diez. Yo tengo un hijo de once, también, agregó Fabricio. Vive con su mama en Guayabal. Bueno tráigalos entonces, a ver si se conocen por fin. Pura vida. Perfecto. Cómo se llama el suyo? Miguel, y el suyo? Miguel también. Mirá vos qué casualidad! Y el suyo, Fabricio? Diay, vea qué cosas! Se llama Miguel también! Los tres Miguelitos, ja ja ja! Sí, ja ja ja. Sin nada más que agregar se despidieron sin abrasarse y se fue cada uno por su lado.

 

Cuánto falta para llegar?, preguntó Miguel. Ya ahorita, le contestó su tata. Déjese de joder. Y no me ensucie el carro con esas papitostis. A ver, deme una. No apriete la mano. Le dije que no apriete la mano! Pero son mías, Papá. Cómo que suyas? Las compró con su plata? Contésteme! No. Con la plata de quién las compró? Con la suya. Ah, bueno. Igual a su mama no le gusta que coma tantas cochinadas. Miguel abrió la ventana y tiró la bolsita vacía a la calle. La polvareda del camino le hizo picazón en la nariz y en los ojos. El olor a herrumbre y el paisaje anaranjado le hacían doler la cabeza. Me quiero ir a la casa. Cómo que a la casa? No hemos ni llegado, sorompo. No quiero ir a la finca. Usted dijo que era horrible. Yo le dije eso? Sí, Papá. Ya, cállese mejor. Pero… Que se calle, le dije!

 

El peón, que vivía en un tugurio al lado de la reja que daba a la calle, les abrió el portón y se asomó por la ventana, sonriendo. Están allá todos en la choza, patrón. Pura vida, Florentino?, sonrió sin ganas el tata de Miguel. Apreto el acelerador antes de escuchar la respuesta. Florentino, murmuró. Vive ahí desde antes que yo naciera. Miguel se puso de rodillas en el asiento y se dio la vuelta para ver por la ventana de atrás. Florentino tenía colochos tostados por el sol en la cabeza, un pelambre enjambrado en la barbilla, tres dientes en la boca. Andaba descalzo, la camisa de manga corta con todos los botones abiertos, el pantalón de corderoi manchado rojo por la tierra. En una mano sostenía un palo de caña más largo que Miguel, en la otra un machete. Las clavículas le resaltaban del pecho, color de manga madura, como dos cordilleras en una V torcida. Miguel notó dos güilillas trastabillano alrededor del tugurio y, más a la distancia, un muchachillo alto y delgado, su cara invisible detrás de una melena de colochos, quieto, observándolos. El carro siguió hasta parar detrás de los otros carros y camionetas que ya descansaban en el zacate a la par de la casa. Miguel, ayúdeme a bajar las… Miguel! Miguel se hizo el sordo y salió disparado.

 

Un caminito de piedra nacía en la puerta de la casa y se estiraba retorcido entre las matas sobrecrecidas. Miguel bajó la velocidad y lo abordó, ondulando entre los árboles blanqueados con cal, rodeados de mangos caídos que derramaban sus intestinos sobre el pasto. Se agachó a inspeccionar una hormiga roja que rebanaba una cáscara con sus mandíbulas curvas como sables. Cogió un palito y lo interpuso entre el mango y la hormiga para hacerla subirse. El bicho sintió el palito con las antenas, después con las patas delanteras, palpando con rapidez, pap, pap, pap, como amasando tortillas. Se montó. Fingió que todo estaba normal, que sus circunstancias no habían cambiado en lo absoluto. Mantuvo su marcha. Miguel se levantó con el palito en la mano. Se lo acercó a los ojos. La hormiga tenía seis patas. Su cuerpo estaba dividido en tres: la cabeza apiñada de ojos, boca, mandíbulas, antenas, una bolita calva en el medio, y un enorme culo, un frijol húmedo y puntiagudo. Abría y cerraba las mandíbulas, ñan, ñan, ñan, como si estuviera tratando de comerse al mundo. Cuidado lo pica, le advirtió una voz. Entre las patas de la hormiga Miguel distinguió una bandera blanca y roja. Levantó la cabeza y se dio cuenta que era nomás una camiseta de los Chicago Bulls. Esas rojas grandotas pican bien duro, dijo el otro con autoridad, manteniendo su distancia. Miguel se iba a agachar para poner el palito en el suelo, pero de último momento contrajo su brazo y lo lanzó con todo y hormiga lo más lejos que pudo. Los dos niños trazaron la parábola con la vista.

 

Se consideraron. Usted quién es? Miguel, igual que usted. Cómo sabe? Me dijo mi mama. Usted y yo somos primos. Primos? Sí. Su tata y mi mama son hermanos. Ahí en la zanja hay otro primo nuestro. Otro? Diay, sí. No le dijeron que íbamos a estar aquí? No. Él se llama Miguel también. Sonrieron los dos, porque era muy chistoso. Venga, estamos sacando lombrices. Para qué? Para pescar en la laguna. Abandonaron el caminito y corrieron juntos, ya íntimos, hasta el borde de la zanja. El tercer Miguel tenía los pies descalzos metidos en el agua color de sopa. Atacaba el barro con una paleta de metal. Su pelo liso y peinado de lado brillaba con el reflejo del sol. Levantó la cabeza al oirlos, con la cara arrugada y un ojo cerrado. Este es el otro Miguel. Pura vida? Pura vida. El tercer Miguel se enderezó y les mostró lo que tenía en las manos arcillosas. Una lombriz enorme, rechoncha como salchicha, se arrastraba entre sus dedos. Su cabeza sin ojos se mecía de un lado a otro, buscando la fuga. Qué bestia, mae! Alguien tiene un cuchillo? Tenga, dijo el segundo Miguel. Levantó la camiseta, revelando un estuche de cuero, pintado verde y negro, del cual desenvainó un imponente puñal de cacería. Le sirve? Qué si me sirve! El tercer Miguel se puso a rebanar al gusano con cortes certeros, colocando los pedazos en un vasito de plástico, mientras sus primos jadeaban de la envidia.

 

Los adultos pasaron la mañana acomodando la casa, rebuscando recuerdos. Como no se habían visto hacía añales, retomaron reflexivamente los hábitos de su niñez. Los hermanos manoseaban a las hermanas, carcajeándose, y ellas los cacheteaban con el cariño que le reservaban a sus propios hijos, porque algunas intimidades eran más fáciles. Ay ya, Javier! No ha cambiado nada. Que animal es usted, Marvin. No me extraña que lo hayan dejado botado. El comal le dijo a la olla, mi amor. No veo a su macho por aquí. Qué se hizo? Me imagino que en algún putero tomando güaro, como siempre. Ja, ja, ja. Hablando de putas, usted sabe que Papá había pedido que lo cremaran. Cómo? Ustestá loco? Que sí, que lo cremaran y que tiraran sus cenizas encima de las putas que se cojió, así les daba el último polvo. Ja, ja, ja. Ay Fabricio, que asqueroso! Almorzaron pollo rostizado y chorizo con tortillas y ensalada de papa. Los hermanos prepararon la parrilla. Fabricio era el payaso, Javier el bueno para nada, Marvin el que se creía mejor que el resto. Tomaron ron con coca y hablaron paja, envueltos en la nube de humo azul de los carbones. Las hermanas pusieron la mesa, Catalina la mayor, seria y responsable, y Jáquelin, que le gustaba hacerse la santita, poniendo atención a cada plato de la vajilla, mentalmente reclamando su propiedad. Los chiquillos invadieron el comedor, atraídos por el aroma, inhalaron unos gallos de pollo y desaparecieron de vuelta por la arboleda. Mírelos, nomás, los tres Migueles. El de Fabricio está bien guapo! Claro, igual que el tata. El de Catalina es un dulce! Mírele ese pelo chirizo como Papá. El suyo tiene cara de travieso, Javier. Ni me diga. Es un viento huracanado. Ja, ja, ja. No le parece raro estar acá de vuelta? Ajá. A ver, regáleme un traguito de ese roncito. Con hielo, así nomás. Acomodaron sillas y hamacas en el pórtico de la casa para pasar la tarde en la sombra. Tenían mucho para decirse pero pocas ganas de hacerlo. Comieron y bebieron y se reclinaron para atrás, adormecidos y momentáneamente satisfechos, estrenando su orfandad.

 

Los Migueles se fueron a pescar. Como no tenían ninguna intención de referirse a sí mismos como “el de Catalina” y “el de Fabricio,” acabaron llamándose de acuerdo a su residencia, como los héroes de las películas de fantasía: Miguel de Heredia, el Florense, Miguel de Cartago, el Cartucho, y Miguel de San José, el Chepino. El Florense, de pelo liso, era el mayor, el más alto y el más fuerte. Tenía la nariz cubierta de pecas en el medio de una cara larga y rectangular. Cuando sonreía se le veían los dientes sólo de un lado de la boca, aunque eso no sucedía a menudo. En general era grave y solemne. Se la pasaba rascándose el pelo, como si todo lo que pasara a su alrededor fuera importante y ocupara de profunda concentración El Cartucho era soltado y locuaz, ágil e inquieto como un pajarito. El pelo negro se le derramaba sobre las orejas protuberantes y los ojos achinadillos. Corría como un ratón de caricaturas, moviendo las piernas tan rápido que desaparecían en su frenesí. El Chepino era bajito y redondito en el medio, su voz un silbido de flauta. Cuántos años tiene? Diez. Y cuándo cumple once? En abril. Ahoritita. Ajá. Si hubieran conversado sobre las materias de la escuela se hubieran dado cuenta que el Chepino era lejos el más vivo de los tres. No que mucho les hubiera importado.

 

La laguna era circular, de unos diez metros de orilla a orilla. Con su agua lodosa rodeada de pastizal seco parecía una enorme tasa de café con leche. Es porque ha llovido mucho, informó el Florense. Los tres levantaron la vista al cielo, azul oscuro de tarde tranquila, navegado por nubes arrugadas. Libélulas violetas y celestes revoloteaban alrededor, siempre en busca de un punto de aterrizaje. De vez en cuando el zumbido se convertía en un drrrrém! cuando alguna les rozaba una oreja. Espérenme aquí, que voy a traer la caña, ordenó el Florense. Se fue corriendo hacia la casa. Mae, Chepino, venga a ver, llamó el Cartucho. El Chepino se acuclilló a la par de él en la orilla. Zancudos de agua se deslizaban en silencio de un lado a otro. Vea. Abajo de la superficie el Chepino distinguió una semillita negra, y otra, y otra. Se acercó más, y vio que no eran semillitas sino renacuajos. Y que no eran tres sino cientos, miles. Una vez en la escuela la maestra había traído renacuajos para tenerlos en la clase y observar su metamorfósis. Aquellos parecían aluminas de piel brillante, su cola un triángulo tranparente, sus ojos negros alertas y temerosos. Estos renacuajos eran diferentes. Sus cuerpos eran ampollas opacas sin facciones, sus colas filamentos ondulantes, ulululululú, sus movimientos torpes, indecisos. El Chepino puso una mano en el agua, palma arriba, y la mantuvo quieta hasta que un infortunado renacuajo se le deslizó encima. El Cartucho hizo lo mismo, resentido porque no se le había ocurrido primero la idea. Examinaron a sus prisioneros dándoles vueltas entre los dedos. Los renacuajos no resistieron. Blandos y grasosos, lo único que los identificaba como seres vivos eran las colas, que sacudían como locos, y las boquitas blancas que se asomaban por debajo y vibraban con su propio ritmo.

 

El Florense volvió con una fulgurante caña de pescar color Fanta Naranja y una caja de herramientas que hacía un ruido estrepitoso y lo forzaba a caminar torcido para mantener el equilibrio. Los otros dos admiraron el instrumento. Del mango de hule negro, ancho como un palo de escoba, emergía la enorme jeringa de dos metros, sus secciones marcadas por cinco anillos de aluminio. Présteme el puñal, Cartucho. El Florense abrió la caja, de la que se derramaba un molote de anzuelos, cordones, pesas, flotadores, clavos, y quién sabe qué otras basuras. De cuclillas, explore los contenidos y sacó lo que juzgó necesario. Cartucho, sabe preparar el mecate? El Cartucho asintió con orgullo. Chepino, ponga la lombriz en el anzuelo. Bueno, respondió el Chepino con rencor, porque le daba asquillo y sospechaba que el Florense lo sabía. Con dos dedos agarró un trozo de gusano del vaso en el que, deshidratándose, agonizaban enrollados los restos de su cuerpo. El anzuelo era curvo como un signo de pregunta y culminaba en una punta de flecha afilada y salvaje. Se la clavó a la lombriz como si fuera un fideo. Pescaron a turnos. El Florense primero, el Cartucho segundo. Por dicha la laguna estaba llena de pecesitos plateados. Mientras uno pescaba los otros escarbaban el piso con el puñal, o cogían piedritas y se las lanzaban a las vacas que pasteaban por ahí, o metían los pies en el agua inmunda. Descubrieron que eran los tres liguistas, igual que sus tatas.

 

El flotador rojinegro hizo un baile sobre el agua y desapareció haciendo una gárgara. La caña se dobló dolorosamente. El Cartucho forcejeó, recogiendo el hilo de pescar lo más rápido que podía. Abrió las piernas para mantener el equilibrio y dio un tirón triunfante. El pez, ahora pescado, voló por el aire y aterrizó en el pasto seco, convulsionando. El Cartucho lo levantó del suelo. Bien grande, mae. Sí, costó sacarlo. Jueputa mostro! El Cartucho, sin ceremonia, desprendió el anzuelo y devolvió al de nuevo pez al agua, aunque sólo le quedó media cara al pobre. Me toca a mí, dijo el Chepino. El Cartucho le iba a dar la caña, pero el Florense se le interpuso. No sé, Chepino. Usted está usando mi caña, y el cuchillo del Cartucho, y no tiene nada para mostrarnos? El Chepino bajó la cabeza, mudo. Ve que sí? Yo sabía. A ver, muestre, muestre! Sí, sí! No puedo, mi tata no me deja. Diay, mae, justo es justo. Que no puedo. Chepino, no sea maricas. No joda, mae. Maricas! Maricas! Ya, ya! Maricas! El Florence y el Cartucho retorcieron sus caras y berrearon en coro, ueeeh, ueeh, ueeeeeeh! Ya, ya, bueno! A ver, entonces. Les muestro, pero hay que ir por atrás.

 

Tomaron el camino largo hacia la casa para evitar la atención de los adultos. Facilito determinaron cuál pieza iban a compartir el Chepino y su tata. El Chepino escogió uno de los maletines y sacó una caja cuadrada de madera. La puso en la cama, sobre la cobija de lana teñida de verde. El Florense y el Cartucho miraban en silencio. Sudaban por la humedad y la anticipación. En la caja había un tesoro: un rifle en dos partes, el cañón de acero negro abrazado por una manija de hule pintado como si fuera madera, y la parte trasera, el recobijo para cargar municiones insertado en la culata. El Chepino sacó las piezas y las conectó expertamente. Es de verdad? De balas? El Chepino negó con la cabeza. Les mostró una caja de cartón llena de balines de cobre, chiquiticos como bolas de futbol para insectos, una multitud de glóbulos naranjas y ardientes. Y cómo funciona? Es de aire. Les mostró cómo. Debajo del cañón, la manija se jalaba para abajo y se devolvía para arriba, bombeando aire a un recinto escondido en las tripas del arma. Es suyo, o de su tata? Es mío. Mi tata me lo regaló de Navidad. Los otros asintieron. Sus tesoros también eran navideños, como todos los tesoros. Saquémolos. No puedo, mi tata me mata. Dice que no puedo usarlo si no está él. Esto era verdad, pero también era cierto que Miguel el Chepino se había sigilado el rifle varias veces para probar su puntería en las botellas de Coca y Espráit regadas en los lotes de su barrio. Mae, Chepino, no sea banano. El Florense se apoderó del rifle, el Cartucho de la caja de balines. Salieron de vuelta por la puerta trasera, seguidos por el Chepino, que iba manso pero huraño.

 

Ya afuera le volvió el buen humor y les enseñó cómo poner un puñado de balines en su cámara, bombear cinco, seis, siete veces, fut, fut, fut, cada jalada produciendo más resitencia. Les mostró cómo apuntar, cómo centrar la mira vertical que estaba sobre la boca del cañón adentro de la mira circular, que estaba a media distancia entre la vertical y el ojo del tirador. Descubrieron sin sorpresa que los tres tenían buena puntería, aunque el Florense era el mejor. Le dispararon a lo que encontraron. A mangos en el piso o colgados de sus ramas. A botellas de vidrio y plástico que colocaban en los sobacos de los árboles. Uno jalaba el gatillo y salía el balín como un rayo, siup! Si uno ponía atención podía trazar su trayectoria fugaz y ver el impacto. Me deja usarlo?, dijo una voz. De atrás de la colina apareció el hijo de Florentino, descalzo y sin camisa, su piel tostada por el sol. Su cara era toda líneas rectas, las cejas, la boca, los cachetes. No sonreía. Tenía un aire más bien desinteresado. Cómo se llama?, preguntó el Florense. Julián. El Florense le ofreció el rifle. Bueno, una vez nada más. Julián lo examinó, apuntó, siup! No le pegó a nada. Otra vez, dijo, como a sí mismo, y empezó a pompear. No, no, dijo el Florense. Le arrebató el arma. Una vez nada más. Váyase mejor, dijo el Cartucho. Sí, sí, jale, se juntó el Chepino. Julián no se movió. Los colochos negros le salían de la cabeza como lianas colgantes, le cubrían la nuca y las orejas y un ojo. Era más alto que el Florense. Pero ellos eran tres. El Florense le dio un empujón de advertencia. Coman mierda, escupió Julián. Ya van a ver. Se fue corriendo.

 

Oigan!, dijo el Florense. Las ojas secas chasqueaban. Es una culebra. Vamos a cazarla! A dónde? Por allá. No, ahí. Yo no oí nada. Y, está sordo? La buscaron por todo lado, hasta que se alargaron sus sombras y el cielo se puso rojo y el sol brillante se escondió detrás de las colinas, pero no la encontraron. Se desquitaron con las vacas que habían venido a tomar de la laguna. Los balines se estrellaban contra sus costados como latigazos. Las vacas mujieron ante tal insolencia pero se aguantaron sin moverse. La brisa fría del atardecer los alcanzó en esas. Les acarició la piel. La tarde se había escapade como un suspiro. Se está haciendo oscuro, observó el Chepino. Vámonos a la choza, sugirió el Cartucho. Ahorita, determinó el Florense. Se dio un manazo en la cara. Jueputas mosquitos. Los zumbidos de los insectos se hicieron más fuertes, las llamadas de la noche inundaron el aire. Grigrigrigrigrí…. Aquí, aquí, aquí……Polón, polón, polón…. Cuate, cuate, cuate….. Vengan a la laguna, dijo la voz de Julián, que estaba detrás de un árbol. Les quiero mostrar algo. Qué? Un fantasma. Coma mierda, respondió el Florense. No, no, van a ver. El Cartucho y el Chepino, sin saber qué hacer, le cedieron la decisión al Florense. Bueno, a ver. Subieron hacia la laguna. La noche estaba clara, pero igual se veía muy poco, con costos se notaba dónde empezaba el agua y dónde terminaba el pasto. A pesar del bullicio de los bichos, no se detectaba ningún movimiento. Y diay? Van a ver, repitió Julián. No había señal de las vacas. Las libélulas se habían ido a dormir. El Chepino se imaginó a los renacuajos negros debajo del agua, los lunares bailarines de la oscuridad. Ahí!, señaló Julián, en la dirección de un castañeo entre las ojas.

 

No era un fantasma. Era un borrón pardo. Parecía uno de los queques secos de mierda de vaca que abundaban en el pastizal, hasta que se movió y les mostró un ojo negro y brillante como una canica. Glooooor, dijo el sapo sin prisa. Gloooor. Vista de frente su boca formaba una sonrisa chueca. Gloooor, repitió. Gloooor. Al Chepino se le puso la piel de gallina. Del asco y del miedo le entraron ganas de vomitar. Y qué? Es un sapo. Nunca había visto un sapo? Julián no contestó. Los tres buscaron a su alrededor pero el maldito se había escapado. A dónde se fue? El Florense se puso las manos en las caderas, inspeccionando su alrededor como un capataz. Gloooor. Atrás de ellos. Se dieron la vuelta. En el caminito reposaba otro sapo, una mancha sobre las piedras blancas y celestes Su piel era de un verde arcilloso, el verde del moho embarrialado a la orilla del río, verde cerote, verde putrefacto. Brillaba, barnizado con babas, cubierto de ronchas húmedas y melosas. A la par del caminito un súbito movimiento delató a otro sapo. Allá atrás, otro. Al acostumbrarse sus ojos a la oscuridad vieron que el campo estaba regado de sapos. Gloooor, cantaban. Gloooor. Gloooor.

 

No brincaban como ranas. Caminaban en cuatro patas como zorrillos. Este para allá. Aquél se levantaba, daba unos pasos y se acuclillaba de vuelta sobre su estómago. En un toque pasaban de placidez a inquietud, de letargo a movimiento. Su propósito era un misterio. No estaban comiendo, o cazando, o cogiendo. No se acercaban a los niños, pero tampoco se escapaban. Qué hacían? Qué buscaban? Cuántos, cuántos eran? El Chepino sintió entonces, en ese prado atestado de sapos, que la noche era su enemiga. Que esa tierra maldita se lo quería comer, como aquella hormiga que había capturado en la mañana se trataba de comer al aire. Sintió el espíritu malévolo de la oscuridad envolviéndolo, penetrándolo. Su pecho estalló en un patacón, patacón, patacón, patacón, el rotundo palpitar de su corazón. Jueputa Julián. Los había traído para dejarlos en medio de ese mar de sapos. Mae, ya, jale, demandó. Qué pasó?, dijo el Florense. Le da miedo? Hace frío ya, jale, jale. El Chepino tenía los brazos cruzados, abrazando su piel helada. El Florense y el Cartucho se miraron indecisos. Gloooor, gloooor, más duro, a sus pies. Los tres miraron para abajo. Un sapo se les había aproximado a hurtadillas. Estiró las patas y se encaminó decididamente hacia el Cartucho, que brincó como una pulga para salirle del camino.

 

Miguel! Chiquillos! Vengan a cenar!, la voz de Catalina desde la casa, cálida, cariñosa. Al Chepino casi se le salieron lágrimas del alivio. Bueno, jale, sentenció el Florense. A dónde quedó la caña? Y el rifle? Diay, por ahí, no sé. Vaya búsquelos, Chepino. Sí, güevón! Miguel!, una voz de hombre, agresiva, impaciente. Adónde andan, carajillos? Ya, ya vamos! Los buscamos mañana. Se montaron al caminito, pisando con cuidado por miedo de majar a un sapo. El Chepino se le acercó quedito al Cartucho por detrás, le acarició la nuca con su mano fría. Aaaaaajjjj! El Cartucho pegó un brinco, dándose manazos adonde le picaba. Ayyyy, Cartucho!, le cantó el Chepino, que no se lo coma un sapo! Le mostró la mano con la que lo había espantado. El Florense sonrió con aprobación. Hijueputa!, masculló el Cartucho. Una sombra les zumbó por la cabeza. Murciélago! Jueputa! Apuraron el paso, todavía sin atreverse a correr. Mañana buscamos a ese Julián y le partimos la jeta. Sí, sí, carepicha!, murmuraron. Los sapos, impasibles, los vieron alejarse.

 

Cenaron olla de carne con yuca frita y plátanos maduros. Las paredes del comedor eran blancas, cicatrizadas con grietas sucias del barro seco que cubrían. Sobre ellos, colgado del techo de tejas, giraba un ventilador perezoso. Polillas y mosquitos revoloteaban alrededor de los focos. Los Migueles comieron en el piso, sobre las enormes baldosas amarillas. De vez en cuando se oía el seco fuáp! de una mano aplastando a un mosquito. A dónde estaba, Miguel? Se lavó las manos? Mamá, el Cartucho buscó a Catalina, dijo Julián que aquí en la finca hay un fantasma. Es cierto? Quién es Julián? El hijo del peón. Pues dígale a ese chiquillo que dije yo que se calle la boca sobre cosas que no sabe. Y entonces? Entonces qué? Hay o no hay fantasma? Pues claro que no, mijito. Hay dos!, exclamó Marvin, sonrojado por el ron. No sea insolente, dijo Jáquelin. Hay dos ángeles, es lo que hay. Ángeles?, chilló el Florense. No creo. Ja, ja, ja. Qué es ese escándalo, Miguel? De qué se ríe? Mire nomás a estos chapulines. Los chiquitos hoy en día no tienen ninguna educación.

 

Catalina hizo un arroz con leche para el postre. El vapor de la olla fue reemplazado por el aroma de café recién chorreado. Espéresen, chiquitos. Jáquelin llenó dos platotes con comida. Miguelito, vayan los tres. Llévelen esto a Florencio. Ay, no, qué pereza! No sea malcriado, Miguel, pórtese cristiano. Bueno, tía, bueno. El Florense agarró un plato y el Chepino el otro. El cielo estaba despejado, decorado con el confeti de las estrellas. No había señal de sapos en este lado de la casa. El aire estaba saturado de la música de los insectos, grigrigrigrigrí. Caminaron en silencio, alertas. De vez en cuando un murciélago les aleteaba sobre la cabeza, visible por el espacio negativo que creaba en el fondo estrellado. La casa de Florentino era de madera con techo de aluminio, la puerta y las ventanas desprotegidas. Su mujer estaba sentada frente al tugurio, amasando tortillas y colocándolas en un comal que reposaba sobre unos carbones ardientes. De adentro se escapaba de vez en cuando una risita de bebé. Mi tía les mandó esto, dijo el Florense, tímido. Ella se levantó y se fregó las manos en su delantal floreado. Muchas gracias. Cogió los platos sin sonreír. El Chepino intentó asomarse por la ventana, buscando señales de Julián, pero no pudo ver nada adentro. Se armó de coraje. Julián está? Evadió los ojos de la señora. No, contestó ella. A dónde está? No sé, mijito. Sin otra palabra se llevó los dos platos para adentro. Florentino! Venga a comer carne!

 

Jáquelin y Marvin se fueron a sus casas, ahí nomás en La Fortuna y San Ramón. Los niños jugaron en los pasillos hasta que les ordenaron irse a dormir. Reclamaron, por supuesto, pero en pocos minutos estaban los tres, cada uno en su cuarto, privaditicos. Unos pasos toscos despertaron al Chepino. Hediondo a sudor y guaro, su tata entró al cuarto. Jueputa finca, rumeaba. Maldita. Se acostó en el colchón dándole la espalda al Chepino e instantáneamente se puso a roncar. El Chepino se acomodó lo más cerca que pudo de su tata, buscando su calor, pero teniendo cuidado de no tocarlo. En dos toques estaba dormido de vuelta. Soñó que el Florense y el Cartucho se estaban bañando en la laguna, pero en vez de enjabonarse se estaban restregando sapos por todo el cuerpo. Los sapos se deshacían y formaban charcos verdes que se elevaban y levitaban sobre la laguna. Sentados en la orilla, los pies en el agua, Florentino y su tata comían caña. Florentino le sonrió una sonrisa chueca. Su tata lo saludó con la mano. Gloooor, cantaba. Gloooor.

 

La mañana amaneció nublada. Desayunaron pinto con huevos y fueron a misa. Qué se hizo el Florense?, se preguntaron el Cartucho y el Chepino en el camino de vuelta. En algún momento se había esfumado de la iglesia y no había dado seña desde entonces. En el pasillo de la casa descubrieron su traje de domingo en un montoncito. Lo agarro y lo mato, declaró el tata del Florense. Miguel! Venga pacá! Miguel! El Chepino y el Cartucho se cambiaron. A dónde van, chiquillos? A buscar al Fl… a Miguel. Bueno, ya, vayan. Se fueron. Catalina buscó una silla, se sentó con decisión, aplaudió dos palmadas fuertes. Sus hermanos y hermanas la miraron con suspicacia, medio temor y medio rencor. Bueno, damas y caballeros, dijo ella, ahora sí hay que ponernos serios.

 

Encontraron la caña del Florense tirada a la orilla de la laguna. Ahí estaba la caja de anzuelos, el mecate, el vaso con el cadáver de la lombriz, aplanado por el sol. El rifle y los balines no estaban. A la mierda!, jimió el Chepino. Estoy muerto, mae. Seguro se lo llevó el Florense. Vamos a buscarlo. Bueno. Bajaron hasta el río, que fluía ligero entre las rocas, aguagaguagaguagaguaga. Subieron hasta el potrero y el gallinero, rodearon el terreno hasta llegar al rancho de Florentino. Derrotados, decidieron volver a la laguna a esperar. Encontraron al Florense pescando, alegre como mosca en caca. Y diay! Diay qué, Chepino? No le dije que no se llevara el rifle? Pues, no, no me dijo. El Chepino hizo un inútil gesto de furia, intentando amedrentar a su primo. Pues ahora le estoy diciendo. Pues qué dicha. A dónde estaba? Vengan y les muestro.

 

Los guió alrededor de la laguna, entre unas matas con hojas largas, delgadas, puntiagudas que cubrían la empinada y bajaban hasta el río como una alfombra. Cuidado se cortan que son bien filosas. Les mostró una raya roja de sangre en su antebrazo. El Chepino y el Cartucho sintieron sus pies hundirse en el barrial. El sudor les chorreaba de la frente. Caminaron con cautela. El barro se les escurría entre los dedos de los pies. Drrrrém, hizo una libélula. Miren, señaló el Florense. El corazón del Chepino dio un brinco. Entre dos matas, la parte trasera sumergida en el agua, boyando, había un sapo, su cabeza inclinada hacia arriba, mirando al cielo, su sonrisa congelada. Entre los ojos negros, apagados, muertos, tenía un agujero redondo. Aquí duermen los sapos durante el día, les informó el Florense. Mierda! El Cartucho se sacudió en un espasmo, salpicando agua y haciendo olas que mecieron al cuerpo inerte de otro sapo. La cabeza se sumirgió en el agua y al salir un chorrito de agua se escapó del agujero entre sus ojos. Los mató?, preguntó el Chepino horrorizado. El Florense sonrió y asintió con la cabeza. Veintitres, hasta ahora. Pero por qué? Por qué no? Acaso le gustó estar rodeados de sapos ayer en la noche? Qué fantasmas ni qué varas! Así me deshago de los bichos inmundos. A mí no me asustan tan fácil. Ensanchó los hombros como un gladiador. El matorral estaba silencioso, el croar de los sapos ausente. Los habría matado a todos?, se preguntó el Chepino. Pero claro que no. Es que los sapos no cantaban durante el día. Habían miles y miles. Se imaginó al Florense furtivo entre las plantas, buscando víctimas, acercando el cañón a la frente húmeda de un sapo dormido. Siup! Flotando en el agua, escondidos en las matas, adonde ponía los ojos se enfrentaba con otro cadáver con un tercer ojo vacío en la frente. Sintió un odio profundo hacia el Florense, un ardor en la panza, y el odio se covirtió en la desdicha de la impotencia. Salió del matorral lo más rápido que pudo.

 

Sacaron más lombrices y pescaron el resto del día, pero el humor era grave y tenso. De vez en cuando se oían voces acaloradas desde la casa. La de Catalina más firme y más fuerte que el resto. El Florense intentó hacerlos reír pero el Chepino lo resistió con toda y le contagió al Cartucho la malasangre. Las nubles blancas de la mañana se habían manchado de gris. Julián se apareció de entre las matas. Tenía la cara pálida y los ojos rojos de furia. Por qué mataron a los sapos?, demandó. Porque nos dio la gana, lo desafió el Florense. Por qué nos llevó en la noche a la laguna, sino para espantarnos con los sapos? O no que eran fantasmas? Julián buscó los ojos del Chepino. Yo no hice nada, dijo él. Señaló al Florense con el dedo. Fue él solo. Julián asintió su comprensión y se fue corriendo. El Florense estudió al Chepino en silencio. Ya, Cartucho. Levantó la caña. Le toca al Chepino. No la quiero, ni me la dé. Está lloviendo. Ya. Vamos. El Florense cogió la caña y la caja y los tres volvieron a la casa, donde encontraron un escándalo espantoso.

 

En el comedor, Catalina se enfrentaba a Fabricio. Jáquelin los observaba, sentada, pañuelo en mano, atacada de sollozos. Javier y Marvin caminaban de un lado a otro, fumando, furiosos. De vez en cuando interpelaban con un insulto. Quién se cree que es usted? Yo? Y usted, pedazo de irresponsable? No me joda más. Ya, ya, Catalina, cálmesen, por favor. A mí nadie me toma de idiota! No me lo tomo. Usted es un idiota. Venga aquí, hijueputa, dígamenlo en la cara. Ya, ya, por favor, por favor! El arribo de los niños no afectó la situación. Se miraron, amedrentados. No había familiaridad en ese cuarto. No había historia, ni cariño. Se deslizaron por el muro y retrocedieron hacia el pasillo. No ha cambiado nada, usted. Ajá? Ajá. Ladrón! Mentirosa! Marvin y Javier, agarrados de las camisas, se jalaron afuera de la casa, Javier lanzó un puñetazo, Marvin otro. Terminaron rodando en un charco. Paren! Por favor! Marvin se levantó primero. La camisa razgada, empapada, no más que un trapo, le colgaba de los hombros. Arroyitos se deslizaban en su cara y pecho. Coman mierda todos. Se montó en su camioneta y jaló, llantas chillando. Nos vamos, dijo Fabricio. Miguel! Venga! Nos vamos, dijo Javier. Miguel! Pero, cómo?, exclamó Catalina. No hemos arreglado nada? Me cago en ustedes y en esta finca embrujada! Miguel! Bueno entonces, respondió ella, me voy yo y ustedes vean a ver qué hacen, ingratos! Miguel!

 

Fabricio agarró al Florense de la nuca. Venga para acá. Como si yo no tuviera suficiente molestias con esta manada de ingratos, me tiene que venir a decir el peón que usted está dando vueltas por toda la finca matando sapos. Sí o no? Contésteme! El Florense estaba quieto, su cara petrificada. Fabricio, por el amor de Dios, déjelo ya. Usted preocúpese por la señora demanda que les voy a meter a todos ustedes por ladrones. Pero, no le da vergüenza? A mí? Vergüenza? Venga Miguel. Que su mama se preocupe de usted. La lluvia se había convertido en aguacero. Una cortina de agua cubría la finca, aullando como la tribuna en el estadio. Aaaaaaaajjjjjjjjjj. Chorros anchos se resbalaban de las tejas de barro. Catalina y el Cartucho, Fabricio y el Florense, desparecieron en la lluvia. No tuvieron chance ni de despedirse. El Chepino sintió que no los volvería a ver nunca más.

 

Vaya, Miguel, le dijo su tata, exhausto, vencido. Aliste sus cosas que ya jalamos. Miguel se fue al cuarto. Puso sus cuatro cosas en el maletín. Cogió la caja del rifle de balines. Estaba demasiado liviana. Estaba vacía. Justo entonces entró su tata al cuarto, mascullando entre los dientes. Ya, jale. Papá. Jale, le dije!! Papá. Qué quiere? Levantó la caja y la abrió. Satanás mismo se hubiera espantado de la cara que puso su tata. A dónde lo puso? Contésteme, tarado! Yo le dí permiso de sacar el rifle? Miguel? Contésteme o lo muelo a fajazos. Se puso las manos en la cintura, sobre la faja. No. No qué? No me dio permiso. Ajá. Y a dónde está el rifle? Por la laguna. A dónde? Subiendo por el caminito. Su tata se quedó quieto por un momento, pensando. La lluvia no tenía ganas de abatir. Vaya tráigalo. Pero… Pero ni mierda. Si lo deja allá en la lluvia se va a arruinar. Sabe cuánto me costó esa cochinada? Olvídese que el niño le trae nada este año. Pero Papá… Vaya tráigalo!

 

Miguel, con el corazón en la garganta, se encaminó hacia la laguna bajo la lluvia. Su camiseta empapada se le pegaba a los brazos y el pecho y la espalda. Su pantalones cortos, cargados con el peso del agua, se le resbalaban para abajo, forzándolo a resubírselos a cada rato. Sus zapatos se adherían al barro, resistían cada paso. Llovía y llovía. Subió con dificultad hasta la laguna. Las gotas caían formando boquitas suplicantes en la superficie del agua sucia. En el otro lado vio una forma blanca en el piso. La caja de los balines. Se apuró a recogerla, seguro que el rifle aparecería ahí nomás también. Pero el rifle no estaba. Le dio una vuelta entera a la laguna, después otra en la dirección opuesta. Miguel! Venga para acá. Miguel se jaló los pelos. Buscó y rebuscó desesperadamente. El aguacero abatió un poco. El rifle no aparecía. Miguel, jueputa! Está allá, dijo alguien. Miguel levantó la cabeza. Era Julián. El agua se deslizaba sobre su piel. Se había acomodado los colochos para atrás, revelando su cara de ladrillo. Qué? Su rifle. Está allá. Señaló el matorral adonde yacían los sapos muertos. Usted lo puso ahí? Ajá. Miguel se asomó sobre las matas. Sobre el barro había una capa de agua negra. Burbujitas lodosas flotaban entre las hojas. Sus ojos ardieron por las lágrimas. Por qué? Por qué? Julián no respondió. Otra vez se había esfumado.

 

Miguel oyó la voz de su tata llamándolo de nuevo. No había inquietud en esa voz. Sólo impaciencia, sólo fastidio. Tomó un paso hacia el matorral. Patacón, patacón, patacón, protestaba su corazón. El agua negra le cubría los pies, le llegaba casi hasta las rodillas. Palitos y hojas secas flotaban sobre ella. Panza arriba, el cadáver de un sapo le flotó temblando por la pierna. El rifle. A dónde lo pusó el carepicha? Algo le rozó un tobillo. No era un renacuajo sino algo mucho más grande. Otra vez, una pata palpándolo. Sobre el agua negra vio un par de canicas negras, la cara de un sapo subiendo y bajando. Gloooor, dijo el sapo. Gloooor. Su corazón retumbó más duro, PATACÓN, PATACÓN, amenazando escapársele del pecho y dejarlo ahí botado. Se orinó en los pantalones. Los chispoteos de los sapos eran rotundos entre la lluvia. Oyó otro, otro. Eran cientos, miles. Gloooor, cantaban los sapos, celebrando su venganza. Gloooor. Miguel! Miguel! Que está haciendo, animal! La figura de su tata se vislumbraba entre la lluvia, a la orilla del lodazal. Venga para acá! Ya voy!, gritó Miguel.

 

Ahí estaba su tata. Había venido a rescatarlo. Miguel despegó el pie del barro para dirigirse a la voz de su tata cuando escuchó un borboteo. El rifle. Lo vio en el agua. Giraba lentamente al hundirse. Estaba por desaparecer, el tesoro, la ofrenda cobrada por esa tierra maldita. Miguel! Entre las hojas que rodeaban al rifle reposaba un sapo. En el agua, como guardando la sumersión, la cara de otro sapo. Miguel! Ya voy. Dio un paso hacia el rifle. Otro, y otro. Yo no fui, le dijo a los sapos. Yo no fui. Gloooor, cantaban los sapos. Gloooor. Miguel estiró la mano hacia el pedacito de rifle que quedaba expuesto. El sapo guardián dio un respingo y le acarició la mano con su pata babosa. Yo no fui. Yo no fui. Miguel jaló el rifle. Estaba pegado, no se dejaba sacar. Miguel! Venga ya, Miguel! Mañana le compro otro rifle, güevón! Miguel puso la otra mano en el rifle y jaló con todas sus fuerzas. Maldito barro. Malditos sapos. Puso una rodilla en el barro. El agua le cubrió el muslo y la ingle y el culo. Dio un tirón con toda su fuerza, que por fin desalojó el tesoro. Miguel se levantó. Estiró su cuerpo victorioso. Gloooor, dijo el sapo desde el agua por última vez. Se miraron a los ojos. Miguel levantó el rifle con las dos manos, hizo un arco hacia el cielo y con un movimiento certero le aplastó la cara al sapo con la culata. Miguel! Miguel! Estoy aquí!, gritó. Estoy aquí!

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