Español — 09 November 2015

Kirchnerismo de Vida, Kirchnerismo de Muerte: Panorama Político Argentino en Torno a las Elecciones Presidenciales 2015

por

Sebastián Grimblat

Si algo ha demostrado la historia política del peronismo es su capacidad de transformación, recomposición y discontinuidad histórica como estrategia de gobernabilidad. Todo pareciera indicar que las elecciones presidenciales de 2015 presagian un fin de ciclo. Por eso es importante comprender el espacio que ha ocupado la época del kirchnerismo, “la Era K,” en la historia de la Argentina. Los comicios electorales de 2003 pusieron fin al gobierno interino de Eduardo Duhalde, quien había asumido el costo político de salir del plan económico de convertibilidad establecido por el gobierno peronista de Carlos Menem. El vencedor de aquellas elecciones fue Néstor Kirchner, aunque con menos de un veinticinco por ciento de los votos, en parte como resultado de las protestas sociales de 2001 y 2002 y la salvaje represión gubernamental con que fueron recibidas.

Al comienzo de la Era K, Kirchner inició un proceso político institucional conocido como “concertación,” la convocatoria a una mesa de diálogo con amplios sectores sociales. Su fin era ampliar el capital político de la nueva administración a través de la “transversalidad”: cohesionar una sociedad partida, dispersa por la crisis de 2001; establecer un coeficiente de gobernabilidad en una gestión que se inició con un magro porcentaje de votos; y estabilizar un arco político que le permitiera a la administración no depender del Partido Justicialista fundado por Perón, la cuna política de Kirchner, al igual que la de Menem.

Conjuntamente a la transversalidad se estableció otro pilar del gobierno K: la batalla cultural y simbólica. Ante una sociedad dispersa y desahuciada por la crisis, el kirchnerismo emprendió la cohesión social bajo un discurso hábilmente construido, buscando contener todo un arco de discursos complejos y contradictorios: organismos de derechos humanos, sectores de desocupados organizados, sindicatos, intelectuales, empresarios, y miembros de otros partidos políticos. Tal composición discursiva, que pretendía interpretar “la realidad” de manera que enhebraba el presente con el pasado, es lo que actualmente tiende a llamarse “el Relato.” El Relato, según el historiador Luis Alberto Romero, se basó en una lectura del pasado que partió de las exigencias políticas del presente:

El Relato le permitió trascender el ámbito del peronismo y el mundo popular y convocar a amplios sectores de la opinión pública progresista. Consistía en una lectura del pasado, reciente y lejano, un diagnóstico del presente y una promesa de futuro que se estaba realizando. Se alimentó de las tradiciones y las nostalgias, resumió los reclamos de 2001 y se encabalgó en la ola de prosperidad del presente. Incluyó una reivindicación de los jóvenes idealistas de los setenta y en especial de la juventud peronista (JP) y de Montoneros. Asumió la bandera de los derechos humanos, entendidos solo y estrictamente como juicio y castigo a los culpables de la represión dictatorial, así como la construcción de una memoria colectiva alrededor de ese tema. Desechó casi todo lo que había aportado la democracia institucional de 1983, salvo el valor del sufragio y condenó las reformas neoliberales de los años noventa, hasta la crisis de 2001” (Romero, 2012, págs. 392-393)1

Culminado el plan de convertibilidad, Néstor Kirchner asumió la presidencia bajo nuevas condiciones políticas, económicas y sociales tanto internas como internacionales. La subida de los precio de productos primarios, como la soja, cuyo valor ascendió a niveles sin precedente en el mercado internacional, sumada la movilidad del dólar, permitió al gobierno hacerse de divisas sin recurrir al crédito internacional. Argentina recuperó independencia monetaria y financiera. En el plano social, tras lo ocurrido durante la crisis de 2001-2002, el gobierno decidió no reprimir la protesta social, abriendo un debate con los sectores piqueteros y de desocupados. Este debate contribuyó a la reorganización de los mismos y a su subsecuente integración a sectores afines al gobierno.

Algo similar ocurrió con los organismos de derechos humanos, olvidados como política de estado en la década del peronismo neoliberal del presidente Carlos Menem. Cabe recalcar que Kirchner y su esposa Cristina Fernández, quien lo sucediera posteriormente en el gobierno en 2007, pertenecieron al partido del gobierno durante diez años de crudo neoliberalismo en la Argentina. Kirchner fue gobernador de la provincia sureña de Santa Cruz y Fernández legisladora en varias oportunidades. Si bien en su momento, ambos fueron tentados a enfrentar al menemismo, ninguno de ellos rompió con la hegemonía partidaria durante aquellos años, como lo hicieran otros peronistas que incluso enfrentaron a Menem en las elecciones presidenciales, como es el caso de Carlos “Chacho” Álvarez.

Sin embargo, la Era K, apoyada en el Relato, supo crear distancia con el menemismo de los noventa. El impase del trágico gobierno de la alianza (1999-2001), liderado por Fernando de la Rúa, y seguido por gobierno interino de Duhalde tras la renuncia del primero, funcionó como un intervalo que cortó la continuidad del peronismo. Tal impase fue resignificado desde las exigencias del presente. El Relato estableció un mito fundador centrado en el debacle de 2001. Mientras que el menemismo llevó hacia el extremo las recetas neoliberales establecidas por el consenso de Washington – privatizaciones, equilibrio fiscal, reducción del gasto público, achicamiento del Estado etc. – la Era K se caracterizó no sólo por tomar el camino opuesto, sino por tomar el discurso neoliberal de los noventa como la antinomia de su propio proyecto, titulado “el Modelo” o “el Proyecto Nacional y Popular.” Muchas de las empresas privatizadas por el menemismo fueron re-estatizadas, por ejemplo YPF y Aerolíneas Argentinas, y las jubilaciones privadas volvieron a ser administradas por el Estado Argentino. Además, la Era K resolvió recalcar nuevamente los crímenes de la dictadura militar de los años setenta: se reabrieron las casusas por crímenes de lesa humanidad a quienes habían sido indultados en los noventa y se quitaron los impedimentos legales y jurídicos para que todos los partícipes pudiesen ser juzgados.

La recuperación del Estado a partir de 2003 atrajo hacia el gobierno sectores sociales expulsados durante el peronismo neoliberal: organizaciones de desocupados, organismos de derechos humanos, sectores de partidos políticos tradicionales, intelectuales y artistas. Paulatinamente y bajo organización partidaria, los jóvenes, otrora apáticos, comenzaron a acercarse a los espacios políticos abandonados durante el menemismo, convirtiéndose en organizaciones políticas y actores políticos determinantes en la Era K.

Uno de los aspectos más relevantes del Relato ha sido su poder de convencimiento a quienes lo suscriben y repudio de quienes, o bien no se ven contenidos en él, o resguardan posiciones críticas hacia el procesos político encabezado por los Kirchner. Esto se manifiesta como un conjunto de expresiones maniqueas. Aquellos que se oponen o formulan críticas “hacen el juego a la derecha” o “quieren volver al pasado neoliberal” o están al servicio de los intereses “destituyentes o golpistas.” Los sectores y agrupaciones que muestran públicamente su adhesión al gobierno, especialmente organismo de derechos humanos, han configurado una suerte de reserva moral del kirchnerimo. Oponerse a sus políticas, desde la retórica gubernamental no sólo se transformó en una idea equivocada o sostenida desde intereses oscuros, sino básicamente inmoral.

Al poco tiempo de ser sucedido el gobierno de Kirchner por el de su esposa Cristina Fernandez se produjo quizás la mayor tensión política de la eEra K: “la crisis del campo” o “la resolución 125”. En 2008 se estableció un paquete de retenciones al cultivo rural que generó un levantamiento del sector agropecuario, acompañado por gran parte del arco opositor y sectores económicos. El conflicto unió a sectores históricamente opuestos, especialmente las cuatro organizaciones rurales más importantes, conocidas en aquel momento como “mesa de enlace.” En plena crisis, las cuatro entidades agrarias ideológicamente inconciliables entre sí se unieron a diversos sectores históricamente antagónicos. Partidos regionales, sectores de la izquierda, multitudes de ciudadanos salieron a las calles con sus cacerolas como signo de repudio a la política oficial en un gesto similar a la protesta social de 2001. Todo ello protagonizó las primeras y quizás las únicas manifestaciones masivas contra el gobierno K de contenido político explícito, desembocando en las primeras derrotas en elecciones legislativas significativas. Esto último es relevante ya que de alguna manera ilustra como se ha compuesto hasta hoy en día la oposición al kirchnerismo. La crisis del 2008 culminó con el “voto no positivo” del vicepresidente de la nación y presidente del Senado, Julio Cobos. Cabe recodar que una de las consecuencias de la transversalidad fue la designación de Cobos, miembro del partido Radical (histórico adversario del peronismo), como vicepresidente de Cristina Fernández en 2007, una decisión que le costó caramente a la mandataria.

El voto de Cobos en contra de las políticas de su propio gobierno resultó ser de suma importancia. Por un lado puso fin a la concertación política y limitó considerablemente la transversalidad como estrategia de gobierno. Por otro, el Relato se radicalizó en extremo. Durante la crisis de la 125, el gobierno, tras su desconcierto inicial, redobló la propuesta con un giro retórico insospechado. Comenzó a sacar del viejo arcón consignas propias de las antinomias históricas del peronismo y anti-peronismo. Expresiones como “gorilas,” aludiendo al desprecio histórico al peronismo por la oligarquía, o “golpistas,” acusando a las protestas de un alto contenido oligárquico, golpista, antidemocrático y anti-peronista. Sectores anteriormente piqueteros ganaron las calles para echar a los “caceroleros” de la “derecha oligárquica.” Ya no se trataría tanto de sumar sectores sino de trazar una línea divisoria entre “el Modelo” y quienes pretendían destituirlo.

La prensa privada, liderada por el grupo multimediático Clarín, comenzó una ofensiva en contra del gobierno que tomó la figura del vicepresidente Cobos como un nuevo héroe patriota. Este cambio de posición del Clarín fue también una vuelta política. En 2007, Kirchner había favorecido flagrantemente al multimedio permitiéndole fusiones de empresas que le aseguraban su poder mediático. Meses después, dicho multimedio y sus principales referentes se convirtieron en enemigos del gobierno y, por ende, del modelo y de la patria. Por su parte, el diario Clarín y periodistas influyentes comenzaron a especular sobre la renuncia de Fernández y la posibilidad de un gobierno presidido por su vicepresidente. El canal Todo Noticias (TN) realzaba la figura del vicepresidente como quien bajo su voto había hecho resurgir las virtudes republicanas. Estos medios rápidamente fueron caracterizados por el gobierno como los voceros de los grandes grupos destituyentes, y se tornaron en el discurso oficial en el peor enemigo, no sólo del gobierno sino del sistema democrático. La crisis política implicó la organización de una fuerte contraofensiva mediática oficialista y la sanción de la llamada “Ley de medios audiovisuales”.

Otro campo de batalla entre el gobierno y la oposición revolvió alrededor del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Esta entidad, que establece las cifras estadísticas oficiales, produjo sospechas que “la realidad” estaba siendo manipulada por intereses políticos. Esto se manifiesta actualmente en la dificultad de establecer los índices de inflación o tasas de pobreza oficiales en la Argentina. Ante acusaciones que la institución manipula los datos macroeconómicos para beneficiar la imagen del gobierno, los funcionarios políticos o ministros responden con evasivas.

Desde la prensa oficial, la Argentina vive una revolución, desde la prensa opositora, o se está al borde del abismo o se han desperdiciado oportunidades históricas de recomposición de la economía argentina y de calidad institucional. Tal distancia entre estas dos formas marcadas de representar la realidad es discutida habitualmente por los medios de comunicación como “la Grieta.” Esta expresión fue acuñada por el periodista Jorge Lanata, quién en los noventa realizó los análisis y las investigaciones periodísticas más punzantes sobre el menemismo. Dicha labor le hizo ganar el respeto de sectores progresistas y críticos. Actualmente Lanata realiza un enfoque extremadamente crítico del gobierno desde el medio principal del grupo Clarín, a quién el mismo Lanata cuestionó en su momento por su poder monopólico. Dos investigaciones periodísticas han ocasionado impacto en el último tramo en la opinión pública. Primero lo que él ha denominado “la ruta del dinero K,” la transferencia de cifras exorbitantes de dinero a manos de supuestos testaferros y empresarios afines de los Kirchner, quienes tienen en su poder empresas concesionadas por el gobierno. La otra investiga las supuestas implicaciones del gobierno sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman.

Algunos aspectos son de destacar de la Era K. El primero consiste del indiscutible éxito de los gobiernos kirchneristas en mejorar las condiciones económicas y sociales del país. Este suele ser interpretado por los seguidores al gobierno como una “revolución” que desarrolló la economía y amplió los derechos civiles, un nuevo “Modelo Nacional y Popular” que guió al país hacia una “década ganada.” Más problemática fue la adopción de una retórica antiimperialista de identidad Latinoamericana, que le ganó a Kirchner, y después a Fernández, la enemistad de sucesivos gobiernos de los Estados Voces críticas sostienen que tales gestos antiimperialistas son más retóricos que efectivos. Que se han cometido errores en política internacional como acercarse a Irán y Venezuela en política exterior. Que el discurso hostil hacia los Estados Unidos consiste en una arenga a sectores progresistas y de izquierda mientas la economía Argentina depende de la nueva política imperial China.

Otro aspecto importante es el estado de contradicción entre el discurso y los hechos concretos. Por ejemplo, el gobierno que reabrió las causas de derechos humanos designó como jefe del ejercito a un militar sospechado de crímenes de lesa humanidad; el gobierno que se jactó de políticas de inclusión y de terminar con la pobreza no sólo negó la elevada inflación sino que no logró establecer estadísticas oficiales confiables y veraces; el gobierno que reivindicó el combate a los grupos económicos poderosos y naciones imperialistas no tuvo políticas reactivas a la mega minería a cielo abierto y no respondió con claridad institucional a ninguna investigación que tocara los intereses de los mayores proveedores del Estado, quienes constituyen los nuevos grupos de poder en la Argentina. Por último, el gobierno que sostuvo discursivamente el retorno de la política, de la militancia y la participación popular, designó a su sucesor Daniel Scioli por medición de intención de voto y de audiencia, sin someterse a instancias democráticas institucionales para que sus militantes y seguidores eligieran en elecciones libres abiertas y obligatorias al “heredero del modelo.”

Un aspecto no muy trabajado sobre la Era K es el impacto subjetivo en la población que tuvo la súbita muerte de Néstor Kirchner en 2010. Recordemos que meses previos a su deceso falleció del Raúl Alfonsín, el primer presidente de la época post-dictadura en Argentina. Alfonsín fue fuertemente criticado durante los años noventa, pero su imagen mejoró progresivamente durante la Era K. Pocos meses antes de su muerte, Alfonsín fue homenajeado en casa de gobierno por Cristina Fernández de Kirchner, acompañada por Néstor. Cristina lo agasajó nombrándolo como “el padre de la democracia,” quien en su momento tuvo que enfrentar a los mismos intereses y fantasmas que acosaban entonces al gobierno. Las muertes de Alfonsín y Kirchner pueden ser interpretadas como la composición de una especie de panteón republicano en el cual yacen los restos de los “dos refundadores de la Argentina” tras la restitución democrática. Su importancia fue levantada por una continua propaganda política que exhibía de forma constante su obra de gobierno. Una multitud acompañó nostálgica la partida del desgastado Alfonsín, cuyos sueños quedaron truncos. Pero una multitud mucho mayor acompañó conmovida a una Cristina, que vestida de negro no se movió por horas del lado del cajón de su marido. Estas escenas no sólo apaciguaron por un tiempo las iniciativas hostiles al gobierno sino que permitieron una suerte de realzamiento de la figura de Néstor como “héroe de la patria.” Esto último si bien fortaleció al kirchnerismo, también lo colocó ante un viejo problema del peronismo: resolver con eficacia las sucesiones de gobierno.

Un detalle no menor de la política Argentina del último tiempo es la falta de organización política fuera de los espacios de poder o el ejercicio de la función pública. La crisis del campo se fue disipando al no concretarse las retenciones. Lo mismo ocurrió con el arco opositor. los diversos espacios se fueron alejando del núcleo que los congregaba no siendo capaces de establecer un programa común o alianzas más sólidas. Pareciera ser que el poder organiza, fuera de él, todo espacio es efímero, mediático y de perspectiva confusa u oportunista. Tal es el caso de la oposición al gobierno. Si bien la continuación del gobierno por parte del candidato oficialista tiñe de incertidumbre al electorado, la oposición es confusa.

Tal es el contexto previo a la elección general del 25 de octubre y a la segunda ronda presidencial que llevará a cabo el 22 de noviembre próximo. El candidato opositor, Mauricio Macri por Cambiemos, se opuso durante años a todos los proyectos de estatización y ampliación de derechos durante la Era K. Sin embargo, más recientemente evidenció un un viraje llamativo de acercamiento a políticas sostenidas por el gobierno. Esto se puede ser el resultado tanto de una actitud oportunista y electoralista con el cual busca seducir a un electorado satisfecho por las medidas del kirchnerimos, pero irritado con su estilo de gobierno. Como considerar la fragilidad con la cual Macri asumiría el gobierno de ganar, ya que contaría con pocos gobernadores a su favor y ambos congresos en minoría, lo cual lo forzará a establecer amplios consensos con sectores o una coalición de gobierno.

El peronismo, por su parte, está debilitado tras los resultados de la elección general, que le costó sillas en el congreso y posiciones en gobiernos provinciales. Su candidato, Daniel Scioli, enfrenta conjuntamente a la campaña electoral opositora y a la oposición política e intelectual al kirchnerismo. No ha recibido el apoyo de los organismos de derechos humanos ni de los intelectuales progresistas, y tampoco de varios sectores internos del peronismo. Esto indica que Scioli no ha generado confianza entre sus supuestos aliados.

Se debe destacar que ninguna de las dos campañas ha realizado los característicos actos multitudinarios acompañados por los clásicos discursos de estado. La campaña ha consistido principalmente en debates mediatizados, cruces de consignas y expectativas, lo cual suele convencer al electorado sensible a la emotividad del clima triunfalista o proclive a verse afectado por el llamado a temer al otro candidato. Otra parte del electorado quién pretende escuchar propuestas e ideas se encuentra a la expectativa de un discurso razonable de candidatos que no exponen claramente un programa de gobierno.

Desde el comienzo, la Era K estuvo compuesta por dos corrientes internas confrontadas, una con una tendencia a la construcción, a la cohesión del estado, a la composición de una identidad colectiva, la cual nominamos como “kirchnerismo de vida.” El kirchnerismo de vida puede dejar como sedimento en la historia argentina grandes progresos. Otra corriente, por el contrario, ha tendido a la ruptura, la descalificación, cierta forma de violencia política, corrupción y oscuridad en sus intensiones de fondo que tiende a la destrucción e incluso a la autodestrucción. A esta la nominamos “kirchnerismo de muerte.”

Actualmente, en el intervalo de tiempo entre la elección general y la segunda ronda de balotaje, la sensación es que la moneda está girando en el aire. Los dos lados son la propuesta de Macri y Cambiemos, cuya publicidad consiste en mostrar a un candidato que escucha a la gente y se opone al kirchnerismo de muerte, y un debilitado Daniel Scioli y su coalición del Frente para la Victoria, que tiene a su lado los logros del kirchnerismo de vida y el miedo de muchos de regresar al neoliberalismo. Ambos arrojan más preguntas que respuestas cuando alguno de los dos asuma el diez de diciembre.

1 Romero, L. A. (2012). Breve historia contemporánea de la Argentina. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

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