Español — 11 December 2015

Por

Sebastián Grimblat

Una extraña derrota es lo que ha sufrido el oficialismo en las elecciones presidenciales acaecidas el 22 de noviembre en la Argentina. El candidato Mauricio Macri, por la alianza Cambiemos, se impuso al oficialista Daniel Scioli por una magra diferencia inferior a los tres puntos. Si nos remontásemos a meses previos a observar el clima electoral, nadie hubiese previsto seriamente éste panorama. Sin embargo, una vez iniciado dicho proceso, las tensiones políticas comenzaron a resaltar algunos síntomas que merecen atención y análisis, sobre todo considerando los posibles efectos a futuro en la política argentina y en la región.

Cuando Francia fue invadida y derrotada por los Nazis en 1940, el célebre historiador Marc Bloch escribió su último texto en la clandestinidad, titulado “La Extraña Derrota” (2003). Allí el autor realiza una reflexión profunda al interior de la identidad francesa, en la cual intenta dar sentido a la inexplicable y vergonzante derrota de la República frente a la Alemania Nazi. Esta no sólo ocurrió en el plano militar, según Bloch, sino también como una derrota de la conciencia: una buena parte del pueblo francés se adecuó rápidamente a las exigencias del invasor. Otra parte de la sociedad, entre ellos Bloch, optaron por la resistencia, no sólo empuñando las armas en el plano militar, sino dando testimonio histórico y ético como acto de trascendencia. La pregunta que estimula su texto es ¿Cómo Francia pudo ser derrotada y ocupada por otra nación de similar poder militar de forma tan rápida y humillante? Tres aspectos podemos resaltar para nuestro análisis. El primero consiste en la desarticulación del ejército francés, la cual se debió a su burocratización interna que impidió, a pesar de los actos de coraje individual, una acción cohesionada y direccionalidad de sus mandos. Segundo, una guerra mal conducida, básicamente por considerar que la línea Maginot,  situada a lo largo de la frontera, no sería vulnerada por el enemigo, por lo tanto la derrota a corto plazo era impensada. Los alemanes ingresaron por Bélgica, tomando a los franceses en retirada. Por lo tanto hubo un cambio de concepción táctica. Los franceses aún persistía en la idea que el escenario bélico se daría en términos similares a la Primera Guerra Mundial. Los Alemanes habían desarrollado otro sistema de combate, que prevaleció sobre sus enemigos durante gran parte de la contienda. El tercer punto va más allá del análisis bélico, consiste en comprender el pasado, los procesos históricos y su sentido desde el presente, de someter la realidad al análisis crítico.    

En otro contexto, y con distintos actores, las preguntas sobre el resultado electoral en la Argentina podría seguir el razonamiento de Bloch. Nos preguntamos ¿Cómo un partido político con presencia fuerte en todo el país, con una sólida acumulación de poder tras doce años de gestión, perdió las elecciones frente a un partido político básicamente municipal, sin presencia o fuerza nacional, apoyado por alianzas endebles, fragmentadas y contingentes? ¿Cómo Daniel Scioli, candidato presidencial de un partido cuyo liderazgo político pertenece indiscutidamente a Cristina Fernández de Kirchner, fue derrotado en las urnas por un contrincante poco carismático y de inocultable perfil empresarial? Nuestro análisis se centrará en una serie de conjeturas sobre la derrota electoral del Frente Para la Victoria (FPV) en cuanto síntoma de posibles variaciones en la política Argentina y en la región.

Como afirmábamos en un texto anteriormente publicado (Grimblat, 2015), el panorama electoral 2015 presagiaba un fin de ciclo. Desde nuestra perspectiva, el agotamiento del kirchnerismo era un paso previsible en la política argentina por propio decantamiento institucional. Esto necesariamente iba a ocurrir por los mismos procesos republicanos y democráticos de alternancia de gobiernos, previstos en la Constitución Nacional. Durante la llamada “Era K”, se había desarrollado la ilusión, nunca oficializada, que Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner alternarían mandatos indefinidamente (de acuerdo al orden constitucional, los presidentes en la Argentina pueden ser reelectos una vez y aguardar un mandato para volver a postularse). La muerte de Néstor puso fin a tal ilusión. Aunque, de modo extra oficial, principalmente difundido por trascendidos y rumores mediáticos, se especuló con una reforma constitucional que permitiera a la mandataria presentarse indefinidamente, dicha cuestión nunca ocurrió. Si bien no se produjeron hechos concretos, ha quedado la huella en el imaginario social sobre el intento frustrado de una posible reforma al respecto. Una interpretación remite que sólo fue un deseo de la militancia y algunos funcionarios que su líder continuase en el poder, ya que consideraban que esta ganaría las elecciones sin obstáculos. La otra versión es que las elecciones legislativas durante su segundo período no arrojaron los números deseados y necesarios como para emprender tal reforma. Por una u otra razón, el FPV, partido de gobierno, debía elegir a un sucesor.

Fueron varios los funcionarios que en un principio lanzaron su pre-candidatura presidencial, entre ellos el Ministro de Defensa Agustín Rossi, el Jefe de Gabinete Aníbal Fernández, el ex titular del Ministerio de Relaciones Exteriores Jorge Taianna, el Ministro del Interior y Transporte Florencio Randazzo y el Gobernador de Provincia de Buenos Aires y ex Vicepresidente de la Nación Daniel Scioli. Con el correr de las semanas, la lista de pre-candidatos se fue reduciendo. Esto fue justificado, según fuentes del mismo FPV, considerando la baja intención de voto medida por encuestas y mediciones de intención que impulsó a dimitir de la candidatura a varios de estos, quedando al final Randazzo y Scioli para establecer quién sería el candidato sucesor de Cristina en las elecciones primarias.

Consideremos que el sistema electoral argentino contiene algunas particularidades. Tras la reforma constitucional del año 1994, acordada por el “Pacto de Olivos” entre los ex-presidentes el Justicialista Carlos Saúl Menem y el Radical Raúl Alfonsín, las elecciones son directas y carecen de colegio electoral como en el sistema anterior. Por lo tanto el más votado es consagrado presidente en primera vuelta si supera el cincuenta por ciento de los votos. De no lograrlo, si la primera minoría obtiene más del cuarenta por ciento de los votos, con una diferencia de diez puntos sobre la segunda minoría, también se define el resultado en primera vuelta. De no darse ninguno de ambos casos, la primera y segunda minoría deberán concurrir a un balotaje. Dicho sistema fue pensado por ambos líderes considerando que durante el siglo veinte la Argentina tuvo una distribución del electorado mayoritariamente bipartidaria. Desde la segunda mitad del siglo pasado, principalmente las elecciones se dirimieron entre el Partido Justicialista (habitualmente conocido como Peronista) y la Unión Cívica Radical (UCR). Cada partido elegía su candidato mediante elecciones internas partidarias, cuestión que cambió desde las mutaciones políticas de fines del siglo veinte,  donde dicha configuración de partidos hegemónicos se resquebrajó, dando paso a juegos de alianzas y partidos nuevos. Muchos de ellos no duraron más de un período de gobierno o una elección, incluso habiendo gobernado o participado en gestión.

Estallado entonces el sistema tradicional de partidos políticos, los partidos dejaron de llamar a elecciones internas. Si no obtenían consenso se fraccionaban, presentándose en opciones diferentes para el electorado. En dicho contexto fue modificado el código electoral en 2009, bajo la Ley Electoral 26571, que convoca a elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO). Allí toda la ciudadanía puede votar a cualquier candidato sin estar afiliado a un partido puntual para que éste se establezca como opción en las elecciones “definitivas”. Por lo tanto, el candidato puede participar en la primara vuelta. Si éste, junto al conjunto de candidatos que integran su partido, supera un mínimo establecido por la ley, queda establecido como candidato el más votado tanto sea del partido o de su juego de alianzas. Si un partido lleva un solo candidato, éste sólo debe superar el mínimo para poder presentarse a elecciones primarias, como terminara ocurriendo con Scioli.

No se conoce oficialmente el motivo, pero tras una reunión de la que sólo hay trascendidos, el FPV designó como candidato único para presentarse en las PASO a Daniel Scioli. Los mismos trascendidos postulaban que el Ministro del Interior y Transporte habría rechazado una candidatura a Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, principal distrito electoral del país y territorio político de Scioli. El argumento que se expuso es que Scioli tenía una intensión de voto considerablemente mayor que Randazzo. Éste último contaba con el apoyo manifiesto de los sectores kirchneristas más cercanos a la presidenta y de alguna manera con mayor nivel de organización: organismos de derechos humanos, el grupo de intelectuales nucleados en “Carta Abierta” y la agrupación juvenil “La Cámpora”, creada y conducida por Máximo Kirchner (hijo de la presidente). Con posterioridad a la designación de Scioli como candidato presidencial, en los prolegómenos de la campaña electoral, Scioli actuaba y se presentaba públicamente, solo o junto a la presidenta, como un presidente electo. Por su parte, Randazzo se llamó a silencio y a cumplir sus funciones de gestión.

Las tensiones entre ambos comenzaron a percibirse con el inicio de la campaña electoral propiamente dicha, donde los sectores que acompañaban a Randazzo expresaron de diversos modos su malestar con el candidato oficialista. Para ser elegantes, diremos que su malestar consistía en no sentirse representados por Scioli, que éste no representaba al “Modelo”, que no garantizaba una clara continuidad con lo logrado en la Era K, que no tenía ni la firmeza suficiente para ejercer un liderazgo como presidente y soportar las mismas presiones que asolaron a los Kirchner.

Con relación a la representatividad del candidato, nadie en las filas kirchneristas podía argumentar desconocerlo. Scioli inició su carrera política convocado por el ex-presidente Menem, a quien le mostró tanto lealtad como una defensa acérrima del proyecto peronista neoliberal. Posteriormente, como saldo político de la alianza del Partido Justicialista (PJ) motivada por el presidente interino Eduardo Duhalde, integró la fórmula presidencial junto a Néstor Kirchner. Éste último, con un perfil de gobierno fuertemente personalista, lo relegó a un segundo plano de la política. Posteriormente fue candidato y gobernador de la provincia de Buenos Aires por dos períodos bajo la tutela del aparto partidario del PJ leal al kirchnerismo.

Quienes se mostraban vacilantes en acompañar a su candidato declaraban tener que hacerlo, o bien por disciplina partidaria o debido a que las otras opciones eran peores. Su perfil dialoguista y conciliador fue interpretado como debilidad y falto de convicciones por muchos. De alguna manera la rudeza del “Relato” se desmoronó como una torre sobre la cabeza de Scioli. Bajo éste panorama de tensiones, llegó a presentarse en la primera vuelta electoral acompañado por los sectores peronistas clásicos que quedaron dentro del kirchnerismo, pero cuestionado fuertemente por los sectores de “paladar negro kirchnerista”. A partir de éste clima social en torno a su figura, todo acto era interpretado de alguna u otra manera como un signo de debilidad. Incluso, el hecho de ser acompañado por Carlos Zannini, mano derecha de Cristina Fernández, en la plataforma electoral, pareciera no haberle sumado confianza a sus seguidores, sino la sensación de un acuerdo político interno de estabilizar fuerzas una vez estableciéndose en el gobierno.

Durante la campaña hacia la primera vuelta, la sensación general, y las encuestas de opinión, daban como vencedor a Scioli a pesar de las dificultades internas de su movimiento. Se presagiaba que si bien el candidato del FPV estaría lejos de la actuación electoral de Fernández en 2011, superaría fácilmente el cuarenta por ciento requerido y se alejaría en más de diez puntos de la segunda minoría. Esto se debía a que la oposición fragmentada dividiría sus votos entre Macrí por la Alianza Cambiemos y el ex Jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, devenido opositor por el Frente Renovador, Sergio Massa.

Un punto a destacar en camino a la primera vuelta fue el primer debate televisivo de candidatos presidenciales. Allí concurrieron Massa, Adolfo Rodriguez Saá por Compromiso Federal, la ex-Radical Margarita Stolbizer por Progresistas, Nicolás del Caño por el Frente de Izquierda de los Trabajadores, y Macri. El debate no iluminó nada nuevo sobre las campañas electorales. Los medios de comunicación encargados de televisarlo, al igual que los candidatos presentes, puntualizaron repetidamente la ausencia de Scioli. El formato del debate impedía la profundización de los temas a tratar, el tiempo para cada candidato era magro. Por lo tanto, los candidatos se encargaron también de destacar la ausencia del candidato del FPV, repitiendo frases de sus spots de campaña, confrontando poco entre ellos y tratando de demostrar quién representaría una oposición más firme. Abundaron críticas al actual gobierno, referidas a la división maniquea entre el oficialismo y la oposición, se señalaron preocupaciones por la alta corrupción, incremento de la violencia y  narcotráfico, al hecho que tras doce años de gobierno la pobreza y la desigualdad sigue en el centro de la escena sin solucionarse. Sobre estos puntos se esbozaron consignas a saber: “Pobreza Cero”, “Tolerancia Cero al Narcotráfico”, etc. Nadie profundizó medidas concretas ni cómo realizarlas.

Es difícil aseverar si su ausencia en el debate fue un acierto o un error por parte de Scioli. Hay quienes sostienen que su ausencia fue correcta, ya que se debió a una estrategia que asumía que todos los candidatos lo tomarían como blanco. No asistir lo preservaría de la embestida opositora y mantendría su clara ventaja para ganar en primera vuelta. Otra lectura, sobre todo a la luz de lo ocurrido, es que de haber asistido, de sólo mostrar logros del gobierno y resistir los embates de sus oponentes con amabilidad, hubiera demostrado solvencia ante la agenda política de su gobierno y así mantener y contener un electorado afín al FPV. Nuestra interpretación postula que, posiblemente, más que al debate, Scioli escapaba a una paradoja interna en la cual su candidatura reposaba: declararse como la continuidad y a la vez como el cambio para seducir a un electorado confuso ante los spots vacíos de la oposición y las internas del FPV. Esto último lo acompañó toda la campaña bajo expresiones diversas. Ya sea tanto desde la indiferencia de amplios sectores que acompañaron a Fernández, como de no haber establecido un discurso sólido durante la campaña.

El resultado de las elecciones primarias no hizo más que profundizar tanto la crisis como la herida de muerte. Las expectativas del FPV se fueron deshilachando en varias etapas. Primero, no haber logrado el cuarenta por ciento de los votos. Segundo, haber sacado menos de tres puntos a la segunda minoría encabezada por Macri. Tercero, no haber lograda mediante la campaña polarizar a la oposición, ya que el justicialista opositor, Massa, obtuvo un caudal de votos significativo como para disputar el liderazgo del PJ. Encima, la prácticamente candidata testimonial María Eugenia Vidal, Vice Jefa de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, derrotó en Provincia de Buenos Aires al alfil oficialista Aníbal Fernández, actual Jefe de Gabinete de Ministros del gobierno nacional. Éste último se presuponía que sucedería sin obstáculos a Scioli en la gobernación del principal distrito electoral del país, bastión del justicialismo y del kirchnerismo en las últimas elecciones, y constituyó el resultado más sorpresivo y contundente de las elecciones primarias, condicionando tanto el resultado de la primer vuelta como los hechos posteriores.

Un rasgo complejo y sumamente peligroso que va adquiriendo la política argentina es que se ensancha cada vez más la distancia entre lo que implica una contienda electoral y lo que posteriormente implica gobernar. La oposición supo leer mejor el panorama, el clima emocional de la elección, y aprovechar al máximo las oportunidades que el FPV le concedió en el último tramo de su gobierno. Es como si en un partido de fútbol un equipo campeón de primer nivel mundial y plagado de figuras debe enfrentar a un equipo de segunda categoría. Por lo tanto, desestima la complejidad y no pone su mejor equipo en la cancha, languidece su concentración y surgen viejas disputas internas entre los jugadores del plantel. Al culminar la primer etapa, se retira al vestuario perdiendo dos a cero y con un expulsado. El expulsado es precisamente haber perdido la Gobernación de Buenos Aires, derrota significativa tanto por el valor simbólico como su importancia en la gestión. Deben volver a la cancha tras el descanso, no sólo con un resultado adverso, sino bajo una situación que se ha invertido. Ahora están en una situación de inferioridad frente a un rival motivado que impone sus condiciones de juego y con iniciativa épica de derrotarlos. El primer tiempo, se corresponde metafóricamente con las elecciones primarias, el segundo tiempo con el balotaje.

El escrutinio de la primera vuelta fue excesivamente lento, habiendo cerrado a las dieciocho horas. Eran pasadas las veintidós y no había ningún dato oficial. Antes que aparecieran los primeros resultados en las pizarras, bajo un clima de incertidumbre sin conocer aún ningún dato oficial, Scioli dio un discurso desde su centro de campaña en el cual, pese a no explicitarlo claramente, se posicionó frente a un balotaje. Allí llamó a los otros sectores a votar por él, enunciando las virtudes históricas del radicalismo, de la izquierda y del justicialismo. Tal intervención del candidato despejó toda duda sobre los resultados. Claramente no fue lo previsto por el oficialismo. Tanto su discurso como su expresión denotaban no haber obtenido los resultados esperados. Su tono de voz, como el ambiente de los militantes presentes, eran de decepción, pese a haber obtenido la primera minoría. Posteriormente se conocería que su resultado fue menor al cuarenta por ciento de los votos, apenas doscientos mil votos más que en las PASO, y que Macri le pisaba los talones.

Por el contrario, en el centro de campaña de Cambiemos, la euforia era evidente. Con el correr de las horas se fueron conociendo los resultados parciales y las tendencias donde Scioli no llegó al cuarenta por ciento y estaba apenas dos puntos sobre Macri. Massa hizo una gran elección con un veinte por ciento, convirtiéndose en el representante de la masa de votantes que definiría la elección. Macri dio un discurso minutos posteriores a su oponente en un ambiente festivo y eufórico, al mismo tiempo que se fueron exhibiendo las tendencias a nivel nacional y se fueron conociendo la victoria sorpresiva de Vidal en Provincia de Buenos Aires. El discurso de Macri fue   llamativamente similar al expuesto anteriormente por Scioli. Casi con las mismas palabras invitó a radicales, justicialistas y a la izquierda a votar por él. Todo ello bajo un ambiente  eufórico, con baile y globos en el escenario habituales de dicho sector político.

Una vez conocido el resultado final de la primera vuelta, Scioli no dudó en concurrir a un debate con Macri. Pero la situación ya no era la misma, el clima político ya no era el mismo. En el primer debate Scioli hubiese aparecido en un ambiente favorable, rodeado de candidatos adversos que lo atacarían, pero con la firmeza de que todos lo consideraban el favorito para salir victorioso en la primera vuelta, el heredero de doce años de gestión éxitos, la Era K. El segundo debate lo tomó en la posición opuesta, como quien debía recomponer una situación que ahora le era adversa. Así comenzó la campaña hacia el balotaje, la segunda ronda electoral. Por un lado,  ambiente triunfalista para la Alianza Cambiemos, quién profundizó su estrategia, la cual consistía básicamente en no decir nada con relación a medidas de gobierno, simplemente enumerar motivos de disconformidad de la ciudadanía, como ser: incremento de la inseguridad, la incontrolable inflación, el crecimiento del narcotráfico, corrupción, aludir a que el gobierno dividió a los argentinos bajo gestos autoritarios y un estilo político descalificador y violento. También mencionó todo aquello que el gobierno niega, a saber índices reales de inflación, pobreza, desempleo. Remarcó el estancamiento de la economía argentina en los últimos cuatro años y su aislamiento internacional. Para dar solución a dichos temas no hizo más que exponer spots de campaña: sus proyectos como pobreza cero, quitar el cepo a la compra de divisa extranjera, bajar el impuesto a las ganancias bajo un léxico que aludía a una futura argentina de felicidad, de cambio, de que se puede vencer, que nos vamos a unir, básicamente hizo hincapié en el  hartazgo sobre una forma de gestionar el Estado.

Dicha estrategia no fue para nada ingenua. Ha sido la puesta en práctica de la sicoeconomía. Esta consiste en darle a un candidato el mismo tratamiento que a un producto comercial, el cual se ubica como espacio de proyección de frustraciones y expectativas de la gente. Se trata de que la campaña se meta en la mente de los votantes a la hora de elegir. Que estos no voten con el pensamiento racional, sino con las emociones. La campaña y el discurso de Macri buscaban eso, excitar al electorado, activar sus fibras emocionales. Mostrar constantemente que ellos eran los chicos buenos que vencerían a los malos. Para ello debían exaltar todo lo negativo del estilo de gestión de la Era K bajo un discurso simple, cuasi infantil, sin ofender, sin agraviar, sin confrontar, profetizando que se acabarían las diferencias entre los argentinos implantadas por la grieta K. Para la eficacia de dicha estrategia, fue fundamental el empuje mediático con el que Macri contó.

El FPV llegó resquebrajado al proceso electoral. La campaña de Scioli se caracterizó, al principio, por mostrar los rasgos de carácter de su candidato, un hombre tranquilo, mesurado y conciliador, proclive al consenso y al dialogo con los todos los sectores. Dispuesto a mejorar aquello producto del exceso de la Era K, que si bien sostendría todos los logros del kirchnerimos, no repetiría aquello que irrita a parte del electorado. Lo último refiere a lo usufructuado en la campaña de Macri, hincar hondo sobre el estilo político de la era K que expusimos en el párrafo anterior, el cual consiste básicamente en generar un discurso tendiente al  antagonismo constante entre amigos y enemigos. Dichas categorías son aplicadas con vehemencia entre quienes apoyan al gobierno y quienes lo cuestionan o no acuerdan con él. La estrategia originaria fue mostrar a Scioli como un hombre de consenso. Dicha estrategia debió luchar más con las diferencias internas del FPV que con sus oponentes. Zannini, su candidato a vicepresidente y representante del kirchnerismo duro, estuvo casi ausente en la campaña.

Tras el inesperado resultado en las primarias el ministro Randazzo, quién hubiera enfrentado a Scioli en las PASO, rompió el silencio declarando públicamente “La presidenta ha elegido a su candidato y los resultados están a la vista”. Dicha declaración, sumamente inoportuna para las aspiraciones del FPV, tuvo dos aspectos que nos interesa resaltar. El primero, denotó una manifiesta falta de unidad hacia el interior del FPV. La segunda cuestión, es el hecho inhabitual durante la era K, que un funcionario de primera línea se atrevía, no solo a cuestionar fuertemente al líder, sino a señalar los resultados como un grosero error político de la conducción del movimiento. Es decir, la pérdida gradual de poder del gobernante a quién se le agota su período, conocido como “síndrome del pato rengo”, que hasta el momento parecía no haber infectado a la presidenta comenzaba a exhibir los primeros síntomas.  Allí Zannini públicamente  responde: su argumento consistió en una nueva versión de los hechos. Hasta dicho episodio, la explicación conocida  consistía  en que la Presidenta había persuadido a Randazzo de no presentarse. Éste último, sí bien contaba con el apoyo de agrupaciones juveniles, intelectuales y organismos de Derechos Humanos y el acompañamiento de la militancia K; las muestras  de intención de voto no lo favorecían fuera del microclima kirchnerista. Por ello, el pre-candidato presidencial fue persuadido de declinar sus aspiraciones. Con posterioridad a la declaración de Randazzo, la nueva versión de  Zannini postulaba que fue el mismo Randazzo quién no quiso ir a internas con Scioli en las PASO. Tales declaraciones, vacilaciones y nuevas explicaciones continuaron llenando las harcas de incertidumbre y desconfianza sobre el acompañamiento político del FPV a su candidato, dando muestras más que evidentes de resquebrajamiento, malestar y disconformidad.

Por otra parte, el FPV no realizó ningún acto masivo en el cual millares de militantes y adherentes exhibieran banderas de una diversidad de sectores que apoyaban a su candidato. Esto marcó un cambio de la habitual estrategia gubernamental en las campañas políticas, especialmente bajo el estilo justicialista como representante de un partido popular y multitudinario, Los actos kirchneristas se caracterizaban por una multiplicidad de sectores políticos, sindicales, estudiantiles, gremiales, asociaciones, organismos de derechos humanos etc que apoyaban “al modelo” (Grimblat, 2015). Esto último estuvo llamativamente ausente en la campaña de Scioli. Principalmente su campaña fue orientada desde los medios masivos de comunicación, incluso visitando aquellos medios los cuales los funcionarios K fueron renuentes a asistir por considerarlos enemigos.

Haber podido congregar a los múltiples sectores que acompañaron a los Kirchner sosteniendo la candidatura de Scioli hubiese dado un mensaje de unión y apoyo al candidato. El mensaje transmitido claramente fue el opuesto, el FPV se resquebrajaba. La Presidenta, como jefa del movimiento, no tuvo mucho en cuenta a su candidato, tanto en su discurso como en los actos de gobierno. En ellos se dedicó principalmente a destacar los logros del modelo, de su gestión, pero poco habló de su continuador.

El debate presidencial entre los dos candidatos del balotaje tuvo algunas cuestiones a resaltar. El vencedor del mismo fue el formato televisivo que no permitió que ninguno de los dos profundice demasiado tanto los puntos desarrollar como responder a las preguntas de su oponente. Sin embargo, se hizo evidente un cambio de estrategia por parte de Scioli. Tomó la iniciativa, adoptó un semblante más agresivo y arremetió contra su oponente, acusándolo explícitamente de representar el retorno del neoliberalismo, encubriendo con sus consignas un plan de ajuste que perjudicaría a los trabajadores y las clases medias. Días antes, había formulado una enigmática consigna: “Voy a ser más Scioli que nunca”. ¿Qué sería ser más Scioli que nunca? ¿Sería entonces, abandonar su estilo calmo y conciliador y atacar a su oponente bajo caracterizaciones que generen nuevamente antagonismo? Ser más Scioli que nuca ¿significaba que entes no lo dejaban ser y ahora podía serlo? Nuevamente al candidato del FPV se le abría el suelo sobre la paradoja que lo sostenía entre mostrarse como la continuidad y el cambio al mismo tiempo.

En el debate, Macri destacó esta contradicción en la candidatura de Scioli. Simplemente le dijo “Daniel, ¿en qué te transformaron?, parecés un panelista de 678”. Posteriormente le remarcó “Daniel, vos no sos el cambio, vos sos la continuidad” mientras enumeraba una serie de hechos y personajes que generan antipatía con el gobierno.

Metafóricamente, el debate se desarrolló como si se tratase de una noche de boxeo en el Luna Park, o en Las Vegas. Dicha imagen fue graficada por el genial periodista Javier Acuña en redes sociales: “Macri le cedió el centro del ring a un Scioli lento, sin potencia de golpes, que se cansaría rápidamente ante un vivaz y escurridizo oponente que baila y se luce en el ring”. En el juego de estrategias, Macri llevó a su oponente a su plan de marketing político, mostrar su relajación new age que expone “buena onda y buena energía”. Lo cual contrastó con un Scioli que se desdibujó progresivamente, fuera de su eje, impreciso y sin respuesta ante las evasivas de su oponente. Continuando con la metáfora pugilística, Scioli ocupó el lugar del retador, quién sabe que si no lleva a la lona a su oponente pierde la pelea. El debate, desde nuestra perspectiva, fue más escenográfico que de consistencia política. En ese terreno, Macri lució mucho más cómodo.

Ante un panorama de desconcierto y cifras adversas, sí se dio ver una especie de resistencia civil, donde ciertos sectores de la ciudadanía con menor o mayor organización salieron a las calles e inundaron las redes sociales pidiendo que no se votara por Macri. Esto llegó a formalizarse bajo la proclama “Amor sí – Macri no”. Allí se recordaban los efectos nefastos de las recetas y consignas neoliberales de los años noventa. Se afirmaba con vehemencia que todas ellas volverían en un eventual gobierno de Macri, si bien el citado candidato no expresaba manifiestamente ninguna de dichas intensiones. La campaña sacaba sus conclusiones por la historia y los archivos mediáticos de los posibles funcionarios de un eventual gobierno de la Alianza Cambiemos. Rápidamente la iniciativa se viralizó en las redes sociales, circulando en paralelo a la campaña oficial programada para el candidato del FPV.

La mencionada campaña informal, para conceptualizarla de alguna manera,  concentraba su energía más en marcar la peligrosidad del oponente que en resaltar virtudes de su candidato. Si bien sus postulados consistían principalmente en una argumentación ad hominem, llegando por momentos a la distorsión y la exageración, esta indudablemente contribuyó a la toma de decisión de amplios sectores de la población dubitativos y disconformes con ambos candidatos. La campaña buscaba el impacto emocional de optar por Scioli exclusivamente por miedo a Macri.

Debido a esto último, el voto en blanco militado por ciertos sectores de izquierda fue insignificante. Es imposible medir con precisión cuánto de dicha campaña informal, planteada como a modo de una resistencia civil, contribuyó a estrechar las diferencias entre ambos candidatos en el resultado final de la elección. Esta consistió en mostrarle a cierta ciudadanía que un país no se gobierna con globos, baile, expresiones de buenos deseos y no decir nada sobre cómo se piensa gobernar un país, infiriendo que dicha superfluidad política encubre ajustes profundos que ponen en peligro conquistas sociales logradas, las cuales habrá que defender ante la chance de perderlas. Es una pena que estos sectores no hayan podido también expresar, bajo una metodología similar, su indignación al no haber podido votar en elecciones al candidato que pensaban que los podía representarlos. Quizás dichos sectores pagaron caro el precio de la verticalidad y la obediencia no pudiendo reaccionar a tiempo y cuestionar a quién conducía el FPV. Pero ya en el balotaje era demasiado tarde para lamentarse.

Actualmente, en la transición entre un gobierno que culmina y otro que se inicia, es prematuro hacer especulaciones sobre el futuro gobierno. Hay analistas que sostienen que, para el FPV, Scioli era un buen candidato para ganar, pero mejor aún candidato para perder. Que “el proyecto nacional y popular” conocido hasta ahora entraba en crisis ante un nuevo panorama internacional e interno, que deberían realizarse modificaciones, por ejemplo ante la creciente inflación. Lo último implicaría algunas medidas antipáticas o a contrapelo de lo realizado en la Era K. Otra lectura de la derrota interpreta que haber electo a Scioli como candidato implicaba que éste era la persona indicada para tomar algunas medidas antipopulares. Quedando en la retina de los argentinos la bonanza kirchnerista, que retornaría luego de cuatro años pudiendo, según lo establece la Constitución Argentina presentarse nuevamente a elecciones. Las conjeturas anteriormente expuestas consisten en una suerte de derrota táctica. Otros sectores afines al gobierno más extremistas adjudican como fundamento de la derrota  la presión mediática y blindaje mediático de la prensa privada y monopólica que claramente inclinó la balanza hacia Cambiemos.

Es digno de resaltar que lo ocurrido en la Argentina contiene una compleja influencia en la región, la cual durante un lapso considerable de tiempo construyó alianzas regionales en la era post-neoliberal. Un síntoma no menor es que dichos proyectos no hayan podido renovarse, desgastándose en conflictos internos fútiles que debilitaron su capacidad de reacción política ante las nuevas embestidas financieras. Por supuesto que los hechos ocurridos remiten a una multicausalidad. Nuestro recorte se centra principalmente en la crisis del FPV.

Nuestra conclusión pretende retomar la pregunta inicial inspirada en Bloch sobre esta “extraña derrota” y postular tres niveles o causas principales de análisis de la derrota. Primero la elección de un candidato que no lograba representar y contener al mismo movimiento que lo postulaba. Lejos de convocar, produjo la desbandada y desarticulación del oficialismo, quedando éste resquebrajado y falto de reflejos para reaccionar ante la realidad de los sucesos. Segundo, haber considerado que la derrota estaba fuera de su universo de posibilidades, que la oposición se desgastaría en el proceso electoral del mismo modo que lo hace un meteorito al perforar la atmósfera. Ocurrió lo contrario. La oposición creció exponencialmente, aprovechando todas las fisuras y resquebrajamientos de un tambaleante FPV. Además confió acríticamente en la decisión de Cristina Fernández, pagó muy caro el precio de la verticalidad. El Relato,  que alguna vez supo contener al movimiento político mejor cohesionado desde el final del peronismo clásico, se convirtió en una chaqueta que se fue encogiendo gradualmente quitando movilidad al cuerpo. La retórica militante que conmovía a multitudes se convirtió en un discurso que se fue necrosando, empobreciendo, impidiendo una comprensión clara de la realidad. Todo ello le quitó reflejos, dinámica y autonomía a su candidato, condicionándolo desde un comienzo donde fue perdiendo fuerza propia y capacidad de acumulación política. Tercero, lo ocurrido nos ofrece una sintomatología no sólo de la Argentina sino de la región.

Comprender el pasado desde los hechos del presente, implica la reflexión profunda y la apertura de nuevas preguntas. Bloch no es necio, sabe que la República de Francia fue vencida en el campo de batalla por Alemania, lo cual no implica para él, que la forma de la derrota tiene más que ver con la decadencia Francesa corroborada por la posterior presidencia de Vichy, que con virtudes del enemigo. Algo similar ocurre en una parte de América Latina. Ciertos procesos políticos comienzan a desmoronarse por sus propias contradicciones e inconsistencias, más que por poderes superiores.

 

    

Bloch, M. (2003). La Extraña Derrota. Barcelona: Crítica.

Grimblat, S. (09 de Noviembre de 2015). Kichnerismo de Vida. Kirchnerismo de Muerte: Panorama Político Argentino en Torno a las Elecciones 2015. Obtenido de Southern Pacific Review: http://southernpacificreview.com/2015/11/09/kirchnerismo-de-vida-kirchnerismo-de-muerte/

 

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