Español Film slider — 07 September 2016

el abrazo de la serpiente

Por

Eduardo Frajman

El trauma causado por la crueldad y la opresión no es nunca individual sino colectivo. Está inextricablemente vinculado a las rupturas políticas que la violencia deja a su paso. Tratar el trauma requiere entonces transformar, sanar, liberar a la sociedad. Pero ¿qué de aquellos casos en que la sociedad misma ha sido aniquilada, en los que la transformación y la liberación son imposibles, en los que el trauma se ha establecido como un accesorio de la realidad, inevitable, inextirpable? Queda entonces sólo la labor del salvamento, recordar la tragedia, la insensibilidad de los perpetradores, el sufrimiento de las víctimas. Queda conservar los nombres de los desaparecidos, resguardar sus creencias, sus costumbres, su experiencia. Queda rescatar la dignidad de lo perdido.

Karamakate, protagonista del extraordinario filme colombiano El Abrazo de la Serpiente, carga sobre sus hombros tal abrumadora responsabilidad. Karamakate se cree único sobreviviente de su pueblo, los Cohiuano del Amazonas. Vive en el corazón de la selva en exilio autoimpuesto, lidiando contra el olvido. ¿Qué ha de hacer esta figura solitaria, este Hombre Omega, para enfrentar al enemigo invencible? Esta es la pregunta fundamental que impulsa la trama del filme: captura a Karamakate en dos encrucijadas cruciales de su vida, divididas por el tiempo pero presentadas en forma paralela. Cada una es catalizada por un viaje que el chamán emprende junto a un hombre blanco. Ambas aventuras siguen esencialmente la misma trayectoria, mas culminan en destinos opuestos.

En 1909, el antropólogo Alemán Theodor Koch-Grunberg (interpretado por Jan Bijvoet) navega el Amazonas y sus tributarios en busca de Karamakate, acompañado de Manduca (Yauenkü Migue), un indígena Bará que ha asimilado las costumbres de los europeos. Karamakate (Nibio Torres) es entonces un hombre en la flor de la vida. Su imponente físico y firme voz exuden vigor e intensidad. Sus emociones estallan sin advertencia: cuando enfadado hace berrinches estridentes, cuando feliz suelta carcajadas estrepitosas. Su presencia es reconocida y respetada por las tribus que lo rodean, dados su vasto conocimiento y sus habilidades medicinales, que le han obtenido el título de “movedor de mundos.” Theodor está enfermo, al borde de la muerte. Los chamanes de la región le han sugerido que Karamakate puede salvarlo con la flor sagrada llamada yakruna. Karamakate inicialmente se rehúsa. Su furia contra los hombres blancos que invadieron su mundo y, sin piedad, lo continúan despojando no conoce límite. Cambia de opinión, sin embargo, cuando Theodor le asegura que los Cohiuano no han desaparecido del todo, y que puede llevar a Karamakate a reunirse con los residuos de su gente.

En 1940, el etnobotánico norteamericano Richard Evans Schultes (Brionne Davis), se topa con Karamakate durante su búsqueda por la yakruna, guiado por los escritos de Theodor. El viejo Karamakate (Antonio Bolívar) es ahora un anciano áspero y endeble. Lo que es peor, las décadas de soledad le han robado la memoria. Traza dibujos sobre las rocas sin entender su significado. Ha perdido la habilidad de preparar las yerbas medicinales. El viejo chamán se considera a si mismo un chullachaqui, un espíritu vacío, sin hogar ni propósito ni esperanza. Su ira se ha desgastado y transformado en desaliento. Se ofrece a servir de guía para Richard, a pesar de haber olvidado la localización de la flor. Richard afirma buscarla por razones puramente académicas. Karamakate, sin embargo, es suficientemente perspicaz para intuir que las intenciones de este nuevo visitante no son tan inocuas.

El Abrazo de la Serpiente es, como lo afirma su director, el colombiano Ciro Guerra, “una historia de dos vidas.” ¿A qué dos vidas se refiere? Por un lado están las vidas de los dos blancos, Theodor y Richard. Ambos han dedicado varios años a aprender los secretos de la selva y la vida de sus comunidades. Conversan con los locales en español y en los idiomas aborígenes, comparten sus costumbres y comprenden sus creencias. Los dos exploradores sufren de la misma aflicción: ninguno de los dos puede soñar. Por el otro lado están las dos vidas de Karamakate, quien debe decidir si es capaz de abandonar su resentimiento hacia los forasteros, aceptarlos como iguales, y transmitirles su sabiduría. La trama entrelaza a estos dos pares de vidas de tal manera que el destino de cada uno es finalmente determinado por Karamakate. Es él, y no los supuestamente superiores extranjeros caucásicos, quien posee el poder del libre albedrío.

Filmado en límpido blanco y negro con un limitado presupuesto de 1.5 millones de dólares, el filme rebosa con autenticidad y originalidad. El guión, escrito por Guerra y Jaques Toulemonde Vidal, dramatiza los escritos de Koch-Grunberg y Evans Schultes mediante la figura ficticia de Karamakate. Guerra expresa admiración por los dos académicos – “Los primeros en humanizar a los indígenas, en entenderlos no como almas en pena que había que salvar, sino como seres llenos de sabiduría,” declara. Su prioridad artística es humanizar a las comunidades indígenas del Amazonas y desmitificar a la jungla, su hogar ancestral: “no quería contar la película de siempre,” dice Guerra, “un blanco que llega a ese mundo y, deslumbrado, la narra desde su visión.” La selva Amazónica no es el infierno ininteligible de Apocalipsis Ahora o Fitzcarraldo. Es un medio ambiente lleno de vida, con el que la audiencia siente una inmediata conexión gracias a la facilidad con que los personajes blancos e indígenas interactúan. Es crucial que Karamakate (en sus dos etapas de vida), Manduca, y el resto de los indígenas son interpretados por actores de la región, muchos de ellos frente a las cámaras por primera vez, y que el equipo de producción buscó trabajar con la colaboración de las comunidades y con una actitud de humilde respeto hacia la selva. “La selva es un mundo contra el que no puedes luchar,” dice Guerra, “que te puede devorar vivo fácilmente. Nosotros asumimos una actitud de respeto, de dejarnos guiar por las comunidades y recibir su protección espiritual. Gracias a eso la selva nos ‘colaboró’ y nos permitió grabar.”

La primera imagen en El Abrazo de la Serpiente es de los árboles y el cielo reflejados en las

tranquilas aguas del río. Los espejos, las reflexiones y las repeticiones recurrirán durante el filme, literalmente en las aguas del Amazonas y sus tributarios, pero también en las similitudes entre los dos viajes, y las parejas que forman diferentes personajes durante el desarrollo de la trama. “Eres dos hombres,” el viejo Karamakate le informa a Richard, y el significado de la declaración es ambiguo: Richard mismo contiene dos aspectos, pero también es la mitad de una simbólica pareja con Theodor. Karamakate es, similarmente, dos hombres, pero también forma una pareja con Manduca. Las culturas europeas y americanas se reflejan y entremezclan, así como lo hacen la realidad y los sueños.

La cámara nos muestra al joven Karamakate, acuclillado, completamente confortable en su entorno. De repente torna la cabeza. Ha detectado algo en la corriente. La cámara lentamente se posiciona de tal manera que observamos la canoa que trae a Theodor y Manduca por sobre el hombro de Karamakate. No queda duda, entonces, que nos está animando a interpretar la acción desde la perspectiva del indígena. Manduca se presenta como un miembro de la tribu Bará. Karamakate recibe esta información desdeñosamente. Los Bará, exclama, se rindieron demasiado fácilmente ante los blancos. “Yo no soy como tú, yo no ayudo a los blancos.” Esto llama nuestra atención a un punto de enorme importancia: nunca hubo una gente del Amazonas con una cultura única, sino muchas, muchas gentes, muchas culturas. La región Amazónica domina un área mayor al de Europa Occidental, y en su apogeo era tan variada y heterogénea como las tierras de los blancos.

Karamakate se da cuenta que Theodor viste un collar Cohiuano. Furioso, interpreta esto como una apropiación de su cultura, un hurto, una depredación más. Theodor le asegura que el collar fue un regalo de uno de los Cohiuano restantes. Karamakate entonces acuerda servir de guía en la búsqueda por la yakruna. Para ayudar a Theodor temporalmente, utiliza una substancia que llama “el semen de Dios.” Karamakate le informa las prohibiciones que han de respetar en su viaje. Si no lo hacen, ni recibirán la colaboración de la selva, ni disfrutarán de los beneficios de la planta sagrada.

La escena cambia. Al ritmo de cantos indígenas, observamos una serpiente emerger de su nido y sumergirse en el agua del río. Ondulantemente se mueve con rapidez hasta encontrar al viejo Karamakate. La cámara nuevamente se coloca sobre el hombro del chamán, que ahora observa el arribo de Richard. El norteamericano lo llama en varios lenguajes indígenas hasta que encuentra el apropiado. “Puedes verme?”, pregunta el viejo Karamakate sorprendido. Richard le dice que busca a la yakruna, una planta que crece sobre los árboles de caucho y aumentan su pureza. “Para eso la quieres?,” indaga Karamakate. Richard le ofrece dinero, sabiendo que este no será aceptado. “Nunca he soñado,” le dice Richard a Karamakate, ni dormido ni despierto.” Karamakate le responde pensativo: “Una vez soñé con un espíritu blanco que estaba enfermo. La única manera de curarse era aprender a soñar. Pero no pudo.” Está claro que Theodor, cuyos libros guían el camino de Richard, no sobrevivió su aventura. Antes de partir, Richard observa al viejo Karamakate a la orilla del río, acompañado de docenas de mariposas blancas que revolotean a su alrededor. La importancia de esta imagen nos será revelada sólo cuando la trama haya llegado a su culminación.

En ciertos momentos el filme corre el riesgo de caer en desafortunados estereotipos sobre las culturas indígenas. La idea de que los indígenas americanos son diferentes a los europeos por su cercanía a la naturaleza data al menos a los tiempos de Jean Jacques Rousseau y su “noble salvaje,” y ha sido reificada en filmes tan diversos como Danza con Lobos, la versión animada de Pocahontas, Apocalypto, e incluso fantasías espaciales como Avatar. Los sueños, en estas versiones, tienen poderes mágicos y sirven para transformar a estos pueblos en creaturas fantásticas, irreales, y por ende deshumanizadas. La realidad es que la mayor parte de las culturas pre modernas alrededor del mundo utilizaron los sueños como instrumentos para comprender a la realidad. La Biblia está repleta de sueños proféticos y visiones divinas. Lo mismo es cierto en los poemas de Homero, las Vedas hindúes, las Sagas nórdicas. La capacidad de soñar en El Abrazo de la Serpiente no es una habilidad mística y sobrenatural sino simplemente un símbolo de la apertura sicológica a lo nuevo, a lo diferente. Cuando uno de los dos visitantes finalmente aprende a soñar, su única recompensa es ser el nuevo repositorio de la memoria de los Cohiuano.

Nuevamente estamos con Theodor, Manduca, y el joven Karamakate. Los viajeros hacen una parada con una tribu que conoce a Theodor. El europeo entretiene a la tribu con dibujos de animales exóticos, hipopótamos y demás. Les muestra su brújula y otros instrumentos. Con la ayuda de Manduca canta una canción y bufonea con un baile traído desde su tierra. Vemos a Karamakate sentado a un lado, pensativo. Tal vez el extranjero no es tan malo, si está dispuesto a compartir sus experiencias y su cultura tan libre y abiertamente. Desgraciadamente, la visita termina con discordia y rencor. Uno de los miembros de la tribu se apodera de la brújula. Theodor está furioso y demanda su retorno. Le explica a Manduca que no puede dejar el instrumento con la tribu, ya que este puede causar la pérdida de los conocimientos ancestrales de los indígenas. Karamakate no entiende tal reacción. “No puedes prohibirles que aprendan!,” regaña a Theodor. “El conocimiento pertenece a todos los hombres. Pero tú nunca lo entenderás porque eres sólo un blanco!”

Esta escena, aparentemente secundaria a la trama principal, introduce el interrogatorio fundamental de El Abrazo de la Serpiente ¿En qué constituye el conocimiento? ¿De qué manera debe transmitirse? ¿Con qué fines? ¿En qué forma difieren el conocimiento de los blancos y el de los indígenas? La actitud farisaica de Karamakate encubre la dificultad de contestar satisfactoriamente estas preguntas. Karamakate no cree verdaderamente que todos los conocimientos de los blancos son útiles o positivos. En varios momentos, tanto el joven como el viejo Karamakate urgen a sus compañeros de viaje a deshacerse de su equipaje: de sus libros, instrumentos, vestimentas. Ambos se rehúsan. “No puedo tirarlos,” le explica Richard al viejo. “Son necesarios.” Theodor es aun más vehemente: “Estas no son sólo cosas. Son mi conexión con mi familia, con mi gente. Contienen todo lo que he aprendido. Dejarlos atrás es dejarlo todo.” Karamakate responde con desdeño, y decididamente con agresión hacia Manduca, que ha aprendido a vestir y hablar como los europeos, tanto así que escribe las cartas que Theodor le dicta en alemán. Al mismo tiempo, Karamakate duda si debe transmitir su conocimiento a los blancos. En ciertos momentos decide hacerlo, como cuando le explica a Theodor como remar adecuadamente en la canoa. En otros es más reticente, especialmente cuando obs

erva los desechos de las plantaciones de caucho, que han destruido su hogar y esclavizado a su raza.

Entre los despojos de una de estas plantaciones, Karamakate descubre que Theodor y Manduca cargan un arma de fuego. Como es de esperar, responde furiosamente. Después de tirar el rifle a las profundidades del río enfrenta a Theodor: “Todo tu conocimiento lleva a la violencia! No se puede confiar en los blancos.” Rechaza a Manduca como un “caboclo,” un traidor a su gente. El genio de El Abrazo de la Serpiente es que no toma el camino fácil, volviendo las tablas hacia el hombre blanco y tratándolo de salvaje. Theodor no se deja intimidar por el sufrimiento del indígena. “Este es mi conocimiento,” explica. “Tú intentas entender el mundo que te rodea y yo también. Estas son mis palabras. Esta es mi canción. Esto no es muerte. Es vida!” Es aquí, donde las atrocidades del colonialismo son presentadas más claramente, en que ocurre el giro en el carácter del protagonista. No es Theodor el que cambia, sino Karamakate. Mientras Theodor blande su libros frente al chamán, Karamakate reconoce una imagen. “¿De dónde sacaste esto?,” pregunta. “Lo soñé,” responde Theodor. Karamakate, descubriremos poco después, ha tenido el mismo sueño. “Es imposible,” opina Theodor. “Por supuesto que no lo es,” responde el chamán.

Karamakate decide permitirle a Theodor tomar el caapi, una planta que induce alucinaciones. Theodor, sin embargo, no puede soñar ni con la ayuda de la droga. Karamakate, por su parte, recibe una visión del “señor caapi.” Una serpiente ha viajado del cielo con un mandado nefasto. El jaguar, el protector de la selva, advierte a Karamakate que su responsabilidad es proteger a Theodor. A la mañana siguiente, Karamakate se examina a sí mismo en una imagen fotográfica creada por Theodor. Le pregunta a Theodor si la fotografía es su chullachaqui. “Es una memoria,” explica Theodor. “Un momento que ha pasado.” Karamakate es insistente. “Le vas a mostrar mi chullachaqui a los otros blancos?” “Si me lo permites,” responde Theodor. Karamakate asiente. Theodor, que bien sabe que debe canjear algo por el regalo que el chamán le ha dado, intenta darle en collar Cohiuano que viste. “El collar es parte del Cohiuano,” le dice Karamakate. “No se puede intercambiar.” Theodor asiente, satisfecho que el indígena finalmente comienza a aceptarlo como un igual. “Por qué no buscaste al resto de tu gente?,” pregunta Theodor. “Era sólo un niño,” responde Karamakate, pero con vergüenza, reteniendo parte de su historia.

En un claro de la selva, los viajeros encuentran un asentamiento construido por los blancos. Cuando Theodor, Manduca y el joven Karamakate desembarcan, son recibidos por un grupo de niños indígenas vestidos de blanco. El asentamiento ha sido transformado en una misión jesuita. El cura a cargo les explica que busca “rescatar” a los huérfanos de las plantaciones de caucho para enseñarles el camino de Dios y separarlos “de la ignorancia y el canibalismo.” Karamakate revela entonces que él mismo fue raptado por curas misionarios cuando niño, lo que explica su separación del resto de los Cohiuano. Esa noche busca a un grupo de niños para impartirles un poco de conocimiento. “Nunca olviden quiénes son y de dónde vienen,” sentencia. “No permitan que nuestra canción desaparezca.” No es de extrañar que sus intentos culminan en tragedia.

Cuando Richard y el viejo Karamakate se topan con el asentamiento, la situación es

radicalmente diferente. La misión ahora alberga a un culto religioso liderado por un sicótico hombre que se declara el mesías y combina las tradiciones indígenas con el cristianismo. “No son humanos,” concluye el viejo chamán. “Son lo peor de los dos mundos.” Las escenas en este colectividad infernal difieren tonalmente del resto del filme. La tranquilidad de la selva es reemplazada por la histeria y el delirio. Karamakate, que vagamente recuerda su anterior visita al asentamiento, enfrenta a la locura con la culpa del sobreviviente: “Yo debía resguardar el conocimiento de mi gente, pero vinieron los colombianos y me quedé solo. Necesito recordar. Necesito continuar la canción de los Cohiuano.”

Quizás conmovido por el sufrimiento de su compañero, Richard se deshace de todas sus posesiones. Lanza sus libros, sus papeles, sus instrumentos al río. Se queda exclusivamente con una caja. “De esta no puedo deshacerme,” declara. “Entonces muéstramela,” le ordena Karamakate. Richard revela su posesión más valiosa, un viejo tocadiscos. Coloca un disco sobre la tabla giratoria y la música de George Frederic Handel inunda la noche de la selva. Karamakate escucha la extraña música, observa al hombre blanco, al río, a la noche estrellada. “Esta es la música que me conecta a mis ancestros,” le dice Richard. “Esta es mi canción.” “¿De qué habla?,” pregunta Karamakate. “De la creación del mundo.” Karamakate absorbe, reflexiona, y finalmente se reencuentra consigo mismo gracias a la música del hombre blanco. El pasado y el presente se entrelazan. Vemos a Theodor enfermo caminando a tropiezos hacia el río. Vemos a Karamakate, joven y viejo, furioso e indulgente, cerrado y abierto. Su voz se superpone sobre la música.

“Para convertirse en guerrero,” entona, “cada hombre Cohiuano debe dejar todo atrás y adentrarse a la selva, guiado sólo por sus sueños. En ese viaje debe descubrir, en silencio y soledad, quién es verdaderamente. Debe convertirse en un vagabundo de los sueños. Algunos se pierden y no regresan nunca. Los que sí vuelven, están preparados para enfrentar todo lo que venga. ¿Dónde están esos hombres? ¿Dónde están las canciones que las madres le cantaban a sus bebés? ¿Dónde están las historias de los sabios ancianos, los murmullos de amor, las crónicas de batalla? ¿Adónde se han ido?”

Karamakate ha perdido todo. Su trauma no es individual, no es suyo, sino colectivo, de todo su pueblo. Él es simplemente el último receptáculo. Carga consigo el conocimiento, sí, pero también la culpa inaguantable, y la tristeza inescapable. Karamakate no quiere transmitir sus memorias a los forasteros blancos, a los hijos de la cultura que asesino a su pueblo, mas ¿qué otra opción le queda?

Las montañas donde se encuentra la yakruna, “el Taller de los Dioses,” han sido ocupadas por guarniciones militares peruanas y colombianas. Ahí el joven Karamakate encuentra finalmente a los restos de su tribu. Empobrecidos, hambrientos, desesperados, cultivan a la yakruna y se emborrachan con ella. “Comparte la yakruna con nosotros,” invitan al horrorizado Karamakate. “Brindemos por el fin del mundo.” Karamakate no puede soportarlo. Arranca el collar Cohiuano del cuello de Theodor. “No te lo mereces!,” grita. Toma una antorcha y, ante los ojos de Theodor y Manduca, quema todas las flores de yakruna y, con ellas, cualquier posibilidad de enlazar su alma con la de sus visitantes.

La cámara nos muestra los ojos del jaguar. El majestuoso animal rige sobre la selva, se desliza sin esfuerzo alguno entre el follaje. Al llegar a la orilla del río, se encuentra cara a cara con la serpiente. La serpiente es el veneno del odio, la desconfianza, la violencia. La serpiente prefiere que la canción de los Cohiuano desaparezca antes de permitir a los europeos apropiarla. El jaguar discrepa. El jaguar cree en abrir los ojos, en compartir el conocimiento, en cantar en coro. Con un salvaje zarpazo, el felino mata al reptil, y lo arrastra con la boca hacia el olvido.

Richard y el viejo Karamakate han llegado al Taller de los Dioses. Queda únicamente una flor de yakruna. “He destruido el resto,” informa Karamakate. Richard quiere preservar la flor, pero el chamán insiste en crear el brebaje sagrado y servírselo al hombre blanco. “Debes seguir el mensaje de tu canción.” “Es sólo un cuento,” protesta Richard. “No,” le informa el chamán, “es un sueño.” “Soy un hombre de ciencia, no puedo guiarme por sueños.” Pero Karamakate insiste: “Los sueños son más reales que la realidad. Escucha la canción de tus ancestros. Ella te enseñará el camino.” Karamakate intenta explicar lo que él mismo ha comprendido. No es cuál canción lo que importa, sino a quién pertenece, si es auténtica, si toca el alma. “Esta es la última yakruna del mundo,” informa Karamakate. “Debes hacerte uno con ella. Es mi regalo.”

Karamakate prepara la poción. Prepara a Richard apropiadamente. Vemos finalmente la realidad desde la perspectiva del hombre blanco, que se ha hecho uno con los Cohiuano. La visión transciende el blanco y negro de la realidad y nos ofrece los colores de los sueños. Al despertar, Richard encuentra que Karamakate ha desaparecido. En su busca llega a la orilla del río, donde su cuerpo es rodeado por innumerables mariposas blancas.

Nominado al Oscar como mejor filme extranjero, y ganador de docenas de premios en Europa y América Latina, El Abrazo de la Serpiente ha sido extensamente alabado por críticos de cine, activistas, académicos, y comunidades indígenas de la región amazónica. Gran parte de estos encomios se ha concentrado en su función como testigo de las depredaciones del colonialismo europeo contra las civilizaciones aborígenes de las Américas, de la insaciable codicia de los invasores blancos por materias primas (notablemente el caucho), del genocidio físico y cultural. Pero El Abrazo de la Serpiente no es simplemente un catálogo de atrocidades ni un mea culpa buscando la expiación. Guerra ha creado una historia apasionante e inspiradora, absolutamente novedosa y, ahora que existe, enteramente indispensable. Su esencia dramática no está en el rechazo de las depredaciones del colonialismo o el capitalismo. El Abrazo de la Serpiente trata a estos fenómenos de la misma forma indirecta y oblicua con que La Decisión de Sophie trata con la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. En lugar de lanzar protestas vociferantes contra realidades establecidas e ineludibles, hurgan cuidadosamente entre las ruinas, en busca de la humanidad que permanece.

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